Política

Chaqueteros

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  • Carlos A. Sepúlveda Valle

El diccionario de la RAE define chaquetero a alguien que chaquetea, el que hace un cambio interesado, y a veces repetido, de ideas o de partido, y que chaquetero es “quien cambia de opinión o de partido por conveniencia personal”.

En México y en Jalisco sobran ejemplos de políticos que han cambiado de chaqueta, esto es, que han pasado de un partido a otro, o a otros, sin el menor pudor, sin más justificación que la protección de sus intereses particulares y con el único objetivo de lograr sus ambiciones personales.

Pedro González Calero en el libro Política para bufones, una alternativa del poder y sus teóricos (Ariel, 2012) señala que ya en la antigua Grecia abundaban los casos de cambio de chaqueta en política, cuenta que Terámenes, uno de los más famosos políticos atenienses de la Antigüedad, se dice que era conocido con el apodo de Coturno, porque así se llamaba entonces en Atenas el calzado que usaban los actores en las tragedias, un calzado servía lo mismo para el pie derecho que para el izquierdo.

Explica que el origen del término chaquetero parece encontrase en las guerras de religión que protagonizaron católicos contra hugonotes en Francia durante la segunda mitad del siglo XVI, y donde cada uno de los dos ejércitos se distinguía por el color de la casaca, adornada con cruces de color rojo la de los católicos, y blanca y sin cruces la de los calvinistas. Pero como las casacas estaban forradas con tela de otro color, muchos soldados se aprovechaban de esta circunstancia para darle la vuelta del revés a la chaqueta cada vez que se encontraban en apuros ante el ejército enemigo, salvando en ocasiones, gracias a ello, la vida.

Dice González Calero que uno de los maestros más célebres en el dudoso arte del transfuguismo fue sin duda Talleyrand, su pragmatismo, su cinismo, su ambición y su astucia para mantener cargos importantes, independientemente de quién gobernara el país (Francia) fueron legendarios, y que gracias a sus artimañas consiguió servir a las órdenes de Luis XVI, de la República, del Directorio, del Consulado y del Imperio napoleónico, y aún más, cuando llegó la hora de la Restauración borbónica, se las apañó para continuar en el poder, ahora al servicio del nuevo rey, Luis XVIII.

Charles Maurice de Talleyrand (1754-1838) hombre de Estado francés, ordenado sacerdote en 1779, fue nombrado Obispo de Autun en 1788, después sería electo como diputado a los Estados Generales en 1789 y presidente de la Asamblea Nacional (en plena Revolución francesa) en 1790.

Tuvo que partir al exilio, vivió exiliado en Inglaterra y en Estados Unidos, a su regreso a Francia fue ministro de Relaciones Exteriores de 1797 a 1807, y ayudó a Napoleón para que se convirtiera en Cónsul en 1802 y Emperador en 1804.

Alarmado por la ambición de Napoleón, Talleyrand renunció en 1807 y se convirtió en líder de una facción anti-napoleónica, a la caída de éste en 1814, nuevamente se convirtió en ministro de Relaciones Exteriores y tuvo un papel relevante como representante de Francia en el Congreso de Viena que se celebró entre 1814 y 1815, a su regreso fue depuesto de sus cargos, pero, nuevamente y por unos cuantos meses, de julio a septiembre de 1815 fungió como presidente del Consejo de Ministros y Ministro de Relaciones Exteriores, después fue gran Chambelán del rey. Cuando Luis Felipe I se convierte en rey de Francia, lo nombró embajador en Inglaterra, cargo que desempeñó con gran eficacia hasta 1834, año en que pasó a retiro.

El autor del libro citado cuenta que cuando estalló la Revolución de 1830 hubo tres jornadas de barricadas en las calles, durante las cuales los liberales se enfrentaron con las fuerzas del orden leales a los absolutistas de Carlos X, y que Talleyrand se pasó los tres días asomado al balcón, sin salir de su casa, y que al tercer día le dijo a su criado: “Parece que los nuestros ya van ganando”, y su sirviente le preguntó, “¿Pero quiénes son los nuestros?”, y Talleyrand le contestó: “Para estar seguro de eso, mejor te lo diré mañana”.

Esta muestra de cinismo se adapta perfectamente al comportamiento que tienen muchos políticos que cambian de siglas según convenga a sus personales intereses haciendo a un lado valores, principios o ideología.

Que desde la antigua Grecia abundan los casos de chaqueteros en la política no justifica que esta práctica deba considerarse como algo normal, y aun cuando cambiar de partido no es un crimen, quienes lo han hecho, incluso de manera repetida, son los menos indicados para pretender dar lecciones de honestidad o de ética política.

csepulveda108@gmail.com

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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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