DOMINGA.– “Ya, chiquita. Ya vas a descansar”. Maribel está arrodillada al borde de la excavación. Ella y sus compañeros del colectivo llevan más de cuatro horas removiendo tierra bajo el sol de Ixtlahuacán de los Membrillos, un municipio situado a unos cuarenta minutos de Guadalajara y a poco más de veinte del recién remodelado aeropuerto internacional que está recibiendo a miles de aficionados llegados para la Copa del Mundo 2026.
A su alrededor, otras madres buscadoras rezan. Varias llevan camisetas blancas estampadas con los rostros de sus desaparecidos. En una de ellas, destaca la foto de un hombre de bigote oscuro y lentes de sol que ocupa casi todo el pecho de la playera. “Dale, Señor, el descanso eterno. Y luzca para esta alma la luz perpetua...”.
Los murmullos de los rezos se mezclan con el canto de los pájaros, el zumbido de los insectos y la música que escapa desde una de las casas vecinas. A todo volumen, un corrido de Los Plebes del Rancho rebota entre las paredes de concreto del fraccionamiento Los Olivos. Aquí y en todo el estado domina el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
La escena no es excepcional. Al cierre de 2025, más de 16 mil hombres, mujeres y adolescentes permanecían desaparecidos o no localizados en la entidad, la cifra más alta del país.
La excavación ocupa casi todo el patio trasero de una vivienda de una sola planta. Es un espacio mínimo, de apenas cinco metros de largo por dos de ancho. La tierra removida forma pequeños montículos alrededor del agujero. Hay tan poco espacio que la docena de madres buscadoras debe turnarse para acercarse a la fosa. Algunas observan desde la puerta. Otras se pegan a los muros para no estorbar. Una barda de bloques de cemento desnudos separa ese patio de otro donde, apenas una semana antes, el mismo colectivo encontró dos cuerpos enterrados.
Las fachadas de las casas conservan colores vivos, aunque deslavados por el sol y los años: azul, rojo, amarillo, salmón. A primera vista, el lugar parece un conjunto habitacional cualquiera. Salvo por el agujero en el patio.
Las mujeres empiezan a trabajar poco después del mediodía, del miércoles 3 de junio, a unos cuantos días del Mundial, y a más de tres meses de que Guadalajara y múltiples municipios de los alrededores ardieran en narcobloqueos tras el abatimiento del capo del CJNG, Nemesio Oseguera, ‘El Mencho’.
Primero tienen que romper a golpe de pico una gruesa capa de cemento.
—¡Saca todo! ¡Saca la tristeza, el coraje! ¡Ponle cara! ¡Saca todo! ¡Vamos, Loba! —gritan las mujeres a una de las buscadoras.
La mujer suda. Jadea. Exhala pequeños gemidos cada vez que hunde el pico en el suelo endurecido. Una y otra vez. Debajo del cemento aparecen enormes piedras. Cuatro vecinos ayudan a sacarlas. Después aparece la cal. Mucha cal. La señal inequívoca de que alguien quiso ocultar un cuerpo en ese lugar.
Siguen excavando. A unos 65 centímetros de profundidad aparece otro indicio claro: restos de ropa, pedazos de cuerda y una cobija. Después, el hueco se abre por completo. Es una fosa. Una fosa clandestina dentro de una casa.
Entre la tierra removida aparece una gorra roja casi intacta. El color resiste bajo el polvo y contrasta con el ocre del suelo. Parece un objeto completamente fuera de lugar. Como si alguien pudiera volver por ella en cualquier momento.
Pero nadie vuelve. Las madres siguen rezando. “Que descanse en paz. Así sea.” Maribel se inclina con cuidado dentro de la fosa para retirar tierra y objetos con las manos enguantadas. Habla constantemente hacia el interior de la fosa. Trae un paliacate negro sobre boca y nariz para protegerse de los vapores y el olor.
“Mi amor”.
“Chiquita”.
“Ya vas a descansar”.
El resto de mujeres la acompañan con más plegarias. No saben quién es la persona que permanece enterrada ahí. No conocen su nombre ni su historia. No saben si es una mujer o un hombre. No saben quién la espera en casa. Pero le hablan con la dulzura con la que se le habla a un hijo. Como si esas palabras y los rezos pudieran aliviar en algo el terror de lo que ocurrió bajo aquel patio. Como si todavía estuvieran a tiempo de ofrecerle un poco de consuelo. Y por un instante, en aquel pequeño patio de un fraccionamiento cualquiera de Jalisco, la búsqueda deja de parecer una diligencia forense.
Se parece más a una despedida.
“Son halconcillos”, dice, los espías del narco en Jalisco
En los últimos años, colectivos de búsqueda han localizado fosas clandestinas en ranchos, brechas, predios baldíos y viviendas aparentemente ordinarias de municipios como Zapopan, Tlajomulco, Tlaquepaque e Ixtlahuacán de los Membrillos.
Son las 11:06 de la mañana. Cuatro horas antes de que Maribel diga “ya vas a descansar” a una persona enterrada bajo un patio, una camioneta avanza lentamente por el Periférico de Guadalajara rumbo al fraccionamiento Los Olivos, en Ixtlahuacán de los Membrillos. Dentro viajan apiñadas diez personas. Todas son buscadoras. No hay presupuesto para más vehículos, ni casi para lo básico: agua y algo de comida para la jornada.
Tampoco hay escolta policial. No hay Guardia Nacional. No hay Ejército. Solo ellas, y en la cajuela unas varillas de hierro, picos, palas y unas mochilas.
El tráfico de la mañana es espeso. Tráileres y camiones de carga entran y salen de naves industriales de techos oxidados por las lluvias. El cielo gris y la llovizna fina le dan al paisaje un tono todavía más sombrío.
A bordo de la camioneta viaja Lupita, que busca a su hijo José Manuel Sánchez Gutiérrez desde enero de 2022. La semana anterior, explica, el colectivo localizó dos cuerpos en una vivienda abandonada de Los Olivos. Justo a donde se dirigen ahora. Un anónimo les dijo que había más cuerpos. Por eso regresan. “Si realmente hay alguien más ahí, tenemos que encontrarlo”, dice convencida.
A las 11:17, la camioneta pasa frente al Aeropuerto Internacional de Guadalajara. Retroexcavadoras trabajan en los camellones. Cuadrillas de obreros pintan de blanco los puentes y cortan la maleza de los alrededores. Dentro de unos días, miles de aficionados llegados para el Mundial atravesarán ese mismo lugar.
Tan solo trece minutos después, aparecen las primeras casas de Los Olivos. La entrada al fraccionamiento es una calle ancha con pequeños comercios y viviendas bajas a ambos lados. El pavimento está encharcado por las lluvias. Algunas fachadas lucen abandonadas, ennegrecidas por la humedad y el tiempo. Las tres casas señaladas por los anónimos están una junto a la otra. Pero sólo una permanece acordonada con una cinta elástica amarilla que prohíbe el paso, la de la esquina. “Nos dijeron que en la de junto hay más cuerpos. Y también en la de atrás”, comenta Ivette, otra de las buscadoras.
Un polvoriento Volkswagen Beetle negro descansa inmóvil frente a una de las viviendas. Los tacos de madera colocados bajo las ruedas sugieren que lleva mucho tiempo ahí. En menos de tres minutos pasan tres motocicletas con jóvenes a bordo. Ivette los observa con recelo. “Son halconcillos”, dice. Los espías, muy probablemente, del CJNG.
A las 12:13, las madres forman un círculo, se toman de las manos, cierran los ojos con fruición y hacen una oración en voz alta. Después, una a una, cruzan el portón de la casa. Y empiezan a cavar.
Corazones perdidos a kilómetros del Estadio Akron
La casa de un nivel es pequeña. Tiene una estancia diminuta, una habitación, una cocineta, un baño sin mayores detalles y un patio estrecho donde las madres buscadoras siguen excavando. Las paredes están pintadas de un blanco deslavado. En la sala hay un sofá gris viejo y hundido por el uso. Entre la cocina y el comedor se levanta un refrigerador enorme que ocupa más espacio que los propios muebles.
Hasta hace unas horas, la vivienda estaba habitada: una mujer, un joven de unos veinte años y una adolescente de unos quince viven ahí. Cuando los primeros indicios claros de una fosa aparecen bajo el patio, comienzan a sacar sus cosas. Ninguno protesta. No discuten. No exigen explicaciones, ni se oponen a que sigan las excavaciones. Primero sacan el sofá con la ayuda de unos vecinos. Luego la televisión. Después algunas bolsas con ropa. Todo ocurre en silencio, sin estridencias. Como si supieran de sobra que ya no pueden quedarse. Como si entendieran con resignación que la casa acaba de convertirse en una escena del crimen. Las madres explican después que se trata de “aviadores”: personas que ocupan viviendas abandonadas y permanecen en ellas hasta que alguien reclama la propiedad o las obliga a salir.
A las 13:31 horas, cuando los restos de cal comienzan a ensuciar las botas de las mujeres, Brenda Robles observa el patio y niega con la cabeza. “Ya están llorando los perros. Siempre nos avisan”, comenta mientras baja el paliacate que le cubre el rostro. Por las sienes le corren hilos de sudor. “Creemos que aquí puede haber más cuerpos. Más corazoncitos perdidos”.
Poco después, Ivette se dirige al joven que acaba de abandonar la vivienda. Es moreno, muy delgado, y lleva una camiseta sin mangas de los Chicago Bulls.
—Oye, mijo. ¿Y no te asustaban? —dice apuntando con la barbilla al hueco en la tierra. El muchacho se encoge de hombros.
—Pos... a veces.
Brenda sale a la calle para tomar aire. Demasiadas personas se han congregado alrededor del estrecho patio. Dentro, las buscadoras siguen trabajando sobre lo que ya parece la confirmación de una nueva fosa clandestina. Una más en el estado con más desaparecidos. Algo que para muchos de los extranjeros que llegarán a Jalisco por el Mundial sonaría a argumento de una película de terror.
Pero aquí no.
Aquí es parte de la rutina.
—¿Entiendes que para alguien de otro país esto pueda sonar como algo sacado de una película? —se le pregunta.
—Sí, claro. Me imagino que en otros países puede parecer imposible de creer. La muerte existe en todos lados, pero encontrar personas enterradas debajo de pisos de cemento, dentro de una casa, probablemente no sea algo normal en muchos lugares. Aquí en México, desgraciadamente, sí lo es.
—¿Especialmente en Jalisco?
Hace una pausa y señala hacia el interior de la casa ya vacía de muebles.
—Sí, aquí es muy común. Muchas de estas viviendas permanecen abandonadas durante meses o años y son utilizadas para distintas actividades criminales. Una de ellas es usarlas como panteones clandestinos.
La expresión queda suspendida unos segundos en el aire: panteones clandestinos.
Casas comunes como aquella, con una salita, un refrigerador viejo y un patio estrecho, convertidas en cementerios del narco dentro de un fraccionamiento donde todavía viven familias y donde los niños corretean por la calle rumbo al transporte que los lleve a la escuela. Y no es el único dato difícil de asimilar. A menos de veinte kilómetros del Estadio Akron, una de las sedes del Mundial de 2026, se localizaron en los últimos años algunas de las fosas clandestinas más grandes halladas en Jalisco.
Sólo en las zonas de El Mirador I y II, en Zapopan, autoridades y colectivos recuperaron más de 330 bolsas con restos humanos. En Arroyo Hondo se localizaron otras 249. En conjunto, casi 600 bolsas con restos humanos fueron recuperadas en los alrededores de la cancha donde, dentro de unos días, jugarán selecciones como España y Uruguay.
—¿Es exagerado decir que el Mundial se va a jugar en tierra de fosas? —se le pregunta a Brenda.
—No, no es exagerado. Zapopan, donde se encuentra el estadio, es un municipio donde se han localizado fosas muy importantes. Y si ampliamos la mirada a los municipios vecinos, encontramos todavía muchos más hallazgos.
Hace una pausa.
—En Jalisco no hay un municipio que pueda decirse libre de este problema. Todos han tenido desapariciones y todos han tenido hallazgos de fosas.
La conversación se interrumpe de pronto. Una motocicleta tipo motocross pasa lentamente frente a la vivienda. El conductor, un adolescente de unos quince o dieciséis años, reduce la velocidad. Mira con desdén hacia Brenda y los periodistas que la graban y entrevistan. Sonríe. Niega con la cabeza. Y permanece inmóvil durante unos segundos. Luego acelera y se marcha.
Brenda sigue observándolo hasta que desaparece al final de la calle, donde, a lo lejos, se aprecia a otro grupo de personas que escuchan corridos.
—Eso ocurre en casi todas las búsquedas —dice sin apartar la vista—. Y a esto, a los halcones siguiéndonos, es a lo que nos enfrentamos todos los días.
—¿Cómo lo tomas?
—Yo no les bajo la mirada —responde con los ojos muy abiertos—. No estoy aquí para hacerle daño a nadie. Estoy buscando a una persona que podría ser mi hermano o el familiar de alguien más. Para nosotros cada hallazgo significa la posibilidad de que una familia tenga respuestas. Lo demás, no me interesa.
Detrás de ella, dentro de la casa, las madres continúan excavando.
“Queremos que nuestros desaparecidos sean visibles”
Son las 15:40 horas. El olor cambia. Ya no huele solamente a tierra removida. Ahora hay un fondo de agua estancada, de cieno concentrado, de drenaje húmedo. Las mujeres se suben los paliacates al mismo tiempo.
Maribel Cedeño termina de retirar cuidadosamente la tierra alrededor del hallazgo y deja los restos expuestos para que sean ahora los peritos de la Fiscalía jalisciense quienes realicen el levantamiento oficial. Minutos después, las buscadoras llaman al 911. La respuesta llega rápido. Una patrulla municipal se detiene frente a la vivienda minutos después. Bajan dos policías. Uno de ellos parece apenas un muchacho. Lleva uniforme azul marino, chaleco antibalas y una gorra con su apellido bordado al frente. Su expresión es seria. Claramente hostil.
—¿Vienen de medios o con ellas? —pregunta a los reporteros.
Las madres interceden de inmediato. Más tarde, contarán que una semana antes otros policías llegaron igual de molestos cuando encontraron a dos periodistas alemanes documentando las búsquedas. Les pidieron las memorias de sus cámaras y que dejaran de grabar. Los periodistas terminaron marchándose apresuradamente. Incluso abandonaron parte de su equipo por miedo.
Cuando los agentes terminan de acordonar la vivienda con cintas amarillas, las buscadoras se alejan de la casa. Pero no regresan a la camioneta. Caminan apenas unos metros. Cuatro casas más adelante hay otra vivienda. Es casi idéntica. La misma fachada deslavada. La misma estancia pequeña. La misma cocineta. El mismo patio estrecho. La puerta de madera putrefacta está bloqueada para impedir el paso, pero el ventanal carece de cristales. Entrar resulta sencillo.
En una de las paredes del dormitorio aparecen varias siluetas inquietantes de manos estampadas sobre el yeso. Ivette se sienta sobre el marco de la ventana y enciende un cigarrillo mientras observa a sus compañeras repetir el mismo procedimiento.
Pico.
Varilla.
Tierra.
Detrás de ella, la casa ya está acordonada.
—Ojalá podamos encontrar a más personas para que descansen en un lugar digno y ya no permanezcan olvidadas debajo de la tierra —dice mientras exhala una bocanada del cigarrillo.
La conversación gira inevitablemente otra vez hacia el Mundial.
—No tenemos ningún problema con el futbol —aclara—. De hecho, me parece valioso que esto ayude a visibilizar internacionalmente lo que estamos viviendo. Lo que queremos es que nuestros desaparecidos sean visibles.
Ivette sostiene que las autoridades parecen prestarles más atención ahora que Guadalajara está a días de recibir miles de visitantes extranjeros, pero teme que, una vez concluido el Mundial, de nuevo sean invisibles.
—Aunque tampoco nos escuchaban antes —matiza a colación—. Nunca nos han hecho caso a las familias de personas desaparecidas.
Apaga el cigarrillo. Y vuelve a entrar. En el patio, la escena empieza a parecerse demasiado a la de la primera casa: hay piedras enormes apiladas junto a la excavación. Montones de cal. Silencio. Cansancio. Y hay una expectativa contenida entre las madres. Maribel vuelve a cavar. Poco después emerge una cobija. Luego más indicios. Ivette se acerca al borde de la excavación y se arrodilla. Observa el interior del agujero. Y habla. Igual que unas horas antes.
—Chiquito. Ya estamos aquí. No te preocupes.
Acaricia suavemente la tierra.
—Ya pronto te vas para casa.
Minutos después, Maribel extrae una bolsa negra. El nuevo hallazgo queda confirmado: la segunda casa también escondía a alguien. Las madres guardan silencio. Nadie celebra. Nadie levanta los brazos en señal de victoria. Simplemente vuelven a rezar entre murmullos.
Y una vez más, le hablan con ternura a una persona cuyo nombre todavía desconocen.
—Ya pronto te vas para casa.
GSC/ASG