El gran biólogo Edward O. Wilson escribió en 2009, en su cuenta de Twitter: “Tenemos emociones del Paleolítico, instituciones medievales y tecnología propia de un dios”. Entonces la frase parecía una advertencia lúcida. Hoy suena profética. Wilson no alcanzó a ver el boom de las redes sociales y los smartphones. Revolución que estallaría años después, profundizando el desajuste entre nuestras fragilidades humanas y la potencia tecnológica que redefine la vida cotidiana.
La historia se mueve en lapsos de gradualidad y luego de cambio violento. De “equilibrio interrumpido”. Hoy, los grandes emporios tecnológicos están, de súbito, en el banquillo de los acusados: prohibiciones en diversos países, 2,500 demandantes en Estados Unidos, y juicios que intentan esclarecer si estas plataformas fueron diseñadas, deliberadamente, para generar dependencia, sobre todo en menores. El debate no es solo sobre sus contenidos. El foco está en su arquitectura.
Las big tech niegan un diseño adictivo en sus algoritmos -copian el guion de las tabacaleras del pasado-. Pero la evidencia se acumula. El psicólogo social Jonathan Haidt documenta el crecimiento de la depresión y la ansiedad en adolescentes. Coincide con el auge de las pantallas, los likes y las selfies. Correlación no es casualidad, cierto; pero cada vez más psiquiatras proponen, incluso, la categoría de “trastorno por uso de redes sociales”.
Es ya una obviedad: el principal activo de las plataformas es nuestra atención. Y en esa lógica, más minutos conectados significan más ingresos. El desplazamiento infinito; las notificaciones constantes; y las recomendaciones personalizadas no son accidentes técnicos. Son decisiones coherentes con un modelo en el que, a mayor adicción, mayor rentabilidad. Si el producto es gratis, tú eres el producto. No lo olvidemos.
¿Qué hacer? Hay diversas alternativas: verificación estricta de edad, límites en el diseño de algoritmos, regulación de contenidos. Lo que raya en la ingenuidad es seguir negando el problema. Si nuestras “instituciones medievales” no actúan, seguiremos desfasados de una tecnología que opera a escala divina, y que altera cada vez más nuestras emociones paleolíticas. Gobernar ese poder es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo.