El acceso a la educación superior es el último de los prejuicios aceptables, sentencia Michael Sandel en su indispensable libro La Tiranía del mérito: Qué ha sido del bien común.
Se refiere a que, si antes la discriminación giraba en torno al color de la piel, el origen étnico o incluso la orientación sexual -prejuicios que, por supuesto siguen presentes, pero son inaceptables social y jurídicamente-, ahora la discriminación “aceptable”, legitimada por la narrativa del mérito es el credencialismo: Los que tienen acceso a la universidad y a la globalización -las élites educadas-, frente a los que han quedado fuera de la modernidad.
Empero, hay una diferencia fundamental entre ambos tipos de prejuicios. En el primero es absurdo culpar a la gente de su origen étnico o color de piel; sin embargo, en el segundo quienes no han accedido a estudios superiores, dice la narrativa meritocrática, es porque no quieren o bien porque no son suficientemente inteligentes. En otras palabras, son culpables de su fracaso.
En esa falsedad consiste la tiranía del mérito. En alimentar el mito de que la gente exitosa lo es porque lo merece y, en consecuencia, la gente excluida lo es porque no se ha esforzado lo suficiente.
El mérito y la cultura del esfuerzo explican en mucho el desarrollo, cierto, pero pensar que “nos hemos hecho solos”, que la suerte y circunstancia no han jugado un papel fundamental en explicar el éxito o el fracaso, es un mito muy peligroso.
¿Cuáles son las perniciosas consecuencias del mito meritocrático? Que a los ganadores los hace arrogantes y a los perdedores los humilla. Esto, afirma Sandel, explica la polarización social del Brexit o del Trumpismo. Es terreno fértil para los populismos.
“El acceso a la universidad no debe ser el único camino para tener una vida decente y respetable”, concluye Sandel, “sino que debemos recuperar la dignidad del trabajo para todos”. Tiene razón. Incluso en EEUU, el 60 por ciento de la población no cuenta con título universitario. En México es el 80 por ciento.
Las universidades tenemos mucho por hacer para mesurar los excesos de la meritocracia, para formar estudiantes sensibles y empáticos con los menos afortunados.
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