Cultura

Usos y costumbres pirotécnicos

El problema con volver de un periodo de asueto, además de la imperiosa necesidad de unos días adicionales para reponerse del descanso, es que el cuerpo pierde inercia. O más bien la adquiere, pero en sentido opuesto al de la friega previa a eso que llaman los protoyuppies “la-vacación”. Uno anda en modo zombificado y, como es de esperarse, lleva el empuje de quien arranca en cuarta.

La ventaja de ir en ese trance es que todo ocurre menos rápido de lo que aparenta y hay posibilidad de pensar con la calma que no existe en otras condiciones, de ahí que los sucesos cobren dimensiones diferentes (seguro las normales, pero que son imperceptibles por andar en la joda).

En una suerte de velocidad 0.5 de WhatsApp han pasado las primeras horas postvacacionales y por alguna razón he caído en cuenta de la importancia de encabezar los destinos de la gente. Los caminos del barbón de arriba son misteriosos y llamaron mi atención luego de una ráfaga de cohetones en medio de una celebración parroquial.

Ignoro a qué santo se encomiende la ferviente feligresía en turno, pero cerca de casa el rebumbio pirotécnico era señal de dos cosas, que el jolgorio estaba en su apogeo y que a los implicados les importaba dos kilos y medio de aguayón torneado que sus tronidos perturbaran a la población.

Entiendo que hay quienes no saben que no saben, pero mi intención crítica se posó en los párrocos en turno, que, supongo, sí tienen noción del tema y bien podrían matizar las celebraciones pidiendo a la banda abstenerse de quemar pólvora (y si se los dicen sale peor, pues al parecer su labor de convencimiento no surte mucho efecto que digamos).

Ya se sabe del impacto negativo que la quema de cohetes tiene en bebés, gente mayor e incluso mascotas, de ahí que la sonoridad tendría que ser evitable. Cuestión de liderazgo, pienso en medio de mi lapsus lentus, si los prelados hacen ver que a su deidad no haría gracia semejante atropello a la calma de los otros, quizá así comprendan mejor las cosas.

Porque de las autoridades ni hablar, pues en el mejor de los casos se limitan a acompañar la procesión y a cerrar calles. Pero el atronador malestar que retumba mañana, tarde y noche solo se interrumpe con la intercesión de Tláloc, lo cual es de suyo toda una ironía. Y eso sin hablar del impacto al medio ambiente, que tendría que obligar a pensar dos veces el tema.

Es verdad, hay quien cifra su destino en un determinado culto y también quien vive de la producción de pirotecnia, pero no por garantizar una creencia o el modus vivendi de unos cuantos, se debe pasar por encima de la mayoría. La labor de los gobiernos es evitarlo, pero queda claro que a veces tiemblan las patitas cuando se trata de imponer el orden ante la masa. Y más cuando van de por medio la religión, sus fieles y los votos consecuentes.

@fulanoaustral


Google news logo
Síguenos en
Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.