Cultura

La guerra de los pasteles

Dice una frase nada sardónica que los ingleses inventaron la sobremesa para olvidarse de la comida. En ese periodo póstumo a la tragadera invariablemente aparece el postre. Para beneplácito de los tragaldabas a nadie se le ha ocurrido inventar un trance posterior a la sobremesa, algo así como el después del after, cuya finalidad sea dejar en el olvido la recién adquirida carga azucarada.

Quien haya adjudicado semejante sentencia estaba al tanto de la mala reputación culinaria de los inglesitos, pero el hecho de no haber osado siquiera mancillar la honrosa e indispensable presencia dulzona al final de los alimentos dice mucho de aquellos símbolos que merecen respeto. Al menos para los adictos a la melcocha y la alimentación un poco más allá de la saciedad misma.

Si se piensa, la mesa resulta el lugar idóneo para refrendar el apego que se tiene a mover el bigote. Eso podría explicar la cantidad de horas gastadas no sólo en hablar de comida, sino en llevar a la práctica los menesteres necesarios para satisfacer la barriga llena y dejar al panzón contento. Y en México nos pintamos como pocos. Somos una nación comelona, pero también panera, dulcera y, ciertamente, sobrada de peso.

En esa lógica el postre adquiere magnitudes colosales. De ahí que la venta y consumo de pasteles, pays, panqués, chocoflanes y cualquier otro asunto hipercalórico de los productos provenientes de Costco, haya sacado a colación las habilidades del mexicano para llevar a cabo eso que desde la viralidad algunos denominan “su-emprendimiento”.

Y que no es más que la compra de un bien para venderlo fragmentado y sacar una utilidad que merezca haber puesto en riesgo determinado capital en aras del interés de la gente. Al respecto ya más de uno ha respingado ante la gandallez de los acaparadores de postres que dejan pocas existencias en los anaqueles y la boca echa agua del antojo.

Se sabe de sobra que si algo priva en esta geografía es la dinámica cangrejera, por la cual aquel paisano que ose tener buenaventura y, peor aún, el arrojo de publicarla es señalado con dedo flamígero. Pero en casos como éste, más allá de la fortuna que acompaña a los “empresarios” en ciernes, también está la carencia de productos, su especulación y la consecuente expectativa por adquirirlos.

Como suele suceder, habrá que esperar a que la euforia y la demanda disminuyan para que las aguas vuelvan a su cauce. Nada nuevo en estos casos, ha pasado con papel de baño, huevo, aguacate y muchos otros bienes de consumo. Aunque el aventajado de siempre acabará haciendo su agosto, en esa implacable lógica de los casinos por la cual siempre gana la casa.


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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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