Cultura

Escatológico

Cuando niño solía esperar la llegada de mi abuelo paterno a la hora de la comida. Él llegaba de su trabajo en la universidad y la primera escala luego del consabido kiko a mi abuela era el baño. Ahí lo esperaba un engendro de seis años quien al verlo aproximarse hacía la misma pregunta de siempre: ¿Y la historia? Lo que seguía era un relato pleno de olores, excrecencias e imágenes poco apropiadas para un chaval de semejante edad. 

Y menos para un decano de la literatura cuyo abuelazgo le obligaba a inventar diariamente una historia distinta, en la que el personaje central era el propio escuincle que se divertía como enano por duplicado. Por un lado, ante la satisfacción de ser el centro del relato y de la atención del abuelo. Por el otro, ante la presencia a hurtadillas de la abuela que simulaba fisgonear y escandalizarse porque se narraran en su casa historias de alcances poco decentes. 

Para un hogar en el que siempre privó la educación, las buenas maneras y la cortesía, que ocurriera algo así era algo impensable. A menos que formara parte del cotorreo y que sirviera como ejercicio lúdico narrativo. La serie de imágenes me vienen a la mente muchos años después, gracias a la lectura de un libro que me tiene intrigado. Se trata de “Glup, aventuras en el canal alimentario”, de Mary Roach. Un texto de esos que casi nadie se anima a escribir y del que no muchos quisieran saber. 

En él, la autora investiga y difunde sobre aspectos relacionados con todo aquello que pasa luego de que se ha ingerido algún alimento. Del tracto digestivo a los gases, pasando por secreciones, cavidades, saliva y esfínteres. Sin escatimar en anécdotas, algunas jocosas y otras increíbles, Roach advierte que se trata de un libro que podría provocar asco, pero sobre todo interés. Y de eso va el texto, de la labor de difusión de uno de los grandes tabúes de la humanidad. Quizá el más grande de todos. 

Porque hablar de la alimentación, la cocina y todo el acto social que implica compartir el pan y la sal es algo común, pero sobre todo socialmente aceptable. No así defecar, comer hasta reventar el estómago o usar los orificios del cuerpo para fines nada aceptables. Por más que todos procesemos el bolo alimenticio, tengamos motilidad y necesidad de desalojar los intestinos, hablar del tema es un asunto oscuro, personal y, ciertamente, privado. 

Quizá se deba a la tradicional renuencia a mirarlo como un asunto natural, o porque hace muchos años nos enfermamos de civilización. Como quiera que sea, “Glup” me hizo recordar aquella edad en la que no había que escandalizarse por heces, flatulencias y deslices sanitarios. Y que incluso podía evocar la imaginación y forjar en el alma de un enano la inquietud de contar historias cochinonas. Como ésta que está finalizando.

@fulanoaustral

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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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