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Viernes , 22.02.2019 / 13:02 Hoy

La letra desobediente

Ojos de papel volando

Braulio Peralta

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Fernando Osorno cumple 25 años de artista plástico y contemporáneo. La Galería Óscar Román lo festeja con una exposición individual. Pinta obscureciendo aquello que cierta gente se ruboriza al ver: el desnudo masculino. Entre flores aparece lo fálico y sublima la aceptación del pasivo en las relaciones sexuales. Uno tiene que mirar con detalle para descubrir ese objeto del deseo. Un dato final: la característica en Osorno es su cuerpo tatuado, mucho antes que fuera moda. Él usó el tatuaje como símbolo ambiguo entre la masculinidad y la femineidad. Obvio, es un activista gay.

Maii Ortiz escribió: el artista “reacciona en contra de la dominación del propio cuerpo por parte de agentes disciplinadores como la religión o la educación machista”. O Alfredo Matus: frente las piezas, uno “contempla, más que narraciones de vida, pequeños himnos sinfónicos a la diversidad y la unicidad en toda su complejidad”.

Visité el taller del artista. Lo que escribo a continuación es sobre la exposición en la Galería Óscar Román —trabajo sustentado en el papel—, esculturas de mediano tamaño que exigen igualmente una visión minuciosa del espectador. Si no hay ojo inteligente y sensible —se puede prescindir de lo racional pero no de los sentidos—, entonces sería mejor que no vayan a ver la muestra…

Mire usted el detalle, no la obra completa. Mire con atención y descubrirá en la pieza los universos que el papel ofrece a quienes saben poner los ojos al servicio del arte. Mire nuevamente e imagine una escenografía donde lo que usted ve gira lentamente en su retina, y entonces regresará al niño que fue y disfrutará de un espectáculo visual que solo Fernando Osorno puede ofrecer.

Porque el arte consiste en el detalle. Porque se mira de conjunto una obra, sí, pero después de encaminar los ojos a esa parte donde se descubren los secretos del artista, ahí donde uno despierta. Fernando Osorno es especialista en ofrecer sus más íntimos deseos en ese resquicio donde se encuentra la infancia que fuimos. Porque una pieza revela el gusto por la naturaleza —animal y humana—. Bastaría detenerse con tiempo y cuidado para descubrir buena parte de nosotros mismos.

No son los tres cochinitos. No son las tres calaveras —remembranzas y homenaje a José Guadalupe Posada—. Tampoco es el busto con sus tres cabezas adornadas de ilusiones, ni los tres canes que transitan en nuestra vida cotidiana. No. El espectador debe inventar el juego de las emociones que concita el arte. Cada pieza es una historia. Cada obra nos conduce por el camino de percepciones íntimas, donde lo que importa es el individuo frente a Fernando Osorno: 13 piezas bi y tridimensionales, trabajadas en papel y acero. Sí: el acero con que el artista rasga y configura sus estéticas. No deje de auscultar en una de esas calaveras: las navajas, principio y fin de las elucubraciones del artista.

Hagamos el recorrido juntos, pero no revueltos. Solo existe usted y Fernando Osorno y sus diminutas rasgaduras del papel y el acero. Con cuidado pues, con aliento, con los sentidos, sí, pero con ansia de entender que Fernando Osorno —con 25 años de trayectoria—, realizó lo que ve, con sus ojos de papel volando.

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