Se ha instalado silenciosamente entre nosotros la convicción de que el futuro ha dejado de ser imaginable. Hoy el porvenir aparece, sobre todo, como amenaza.
Pensé en ello mientras leía la última novela de Ian McEwan y me topaba, por cosas del azar, con un texto fuerte y perturbador de Natalia Mendoza en el último número de Nexos. Ambos hablan sobre el apocalipsis: la novela, desde un futuro imaginario habitado por sus náufragos; el ensayo, sobre la idea del apocalipsis inevitable instalada ya firmemente como creencia de fondo entre nosotros.
Muchos hemos terminado interiorizando la noción de que el fin del mundo como lo conocemos es ya un hecho irreversible. Más que una conclusión razonada, esa idea se nos ha colado dentro como un virus, sin darnos cuenta y casi sin querer reconocerlo.
Se entiende. La perspectiva de un planeta volviéndose inhabitable, sumada a inteligencias artificiales independizadas de sus creadores, patógenos diseñados por individuos, el regreso de las armas nucleares y dirigentes que prosperan alimentando el miedo y la violencia, basta y sobra para producir vértigo. Si, además, todo ello se presenta como algo fuera de nuestro control, resulta comprensible que prefiramos mirar a otro lado y pensar en cualquier otra cosa.
A ello han contribuido activamente la propaganda financiada por la industria petrolera y esas minorías cada vez más pequeñas empeñadas en enriquecerse, aunque ello ponga en riesgo el futuro de la humanidad. Pero también nosotros hemos construido defensas eficaces: distracciones inagotables y, sobre todo, la certeza rotunda de que no podemos hacer nada al respecto. Todo con tal de no ver, de no dejarnos tocar ni mover.
Lo más notable de What We Can Know y de “El apocalipsis como ideología dominante” es que logran atravesar esas barreras o, al menos, atravesaron las mías. Eso, por sí mismo, me parece un logro bastante impresionante.
McEwan lo hace desde una ficción sobria y, al mismo tiempo, entretenida. Sin quitarle precariedad al mundo posterior al casi apocalipsis, nos permite imaginar un futuro donde todavía existen relaciones de pareja y rencillas entre académicos, pese a inundaciones devastadoras y guerras nucleares limitadas. Lo interesante en McEwan no es sólo el desastre climático. Es imaginar cómo cambia la condición humana cuando dejamos de creer que el futuro será mejor que el presente.
Mendoza lo consigue con inteligencia y honestidad punzantes al compartir sus reflexiones sobre la filósofa catalana Marina Garcés y sobre cómo enfrentar ese virus apocalíptico que lleva tiempo apoderándose de nuestras cabezas y nuestras voluntades.
Desde mi experiencia, ambos textos consiguen vencer nuestras resistencias frente a temas de los que buscamos desentendernos por dos razones: su carácter profundamente personal y el rescoldo de esperanza desde el que están escritos.
Lo personal crea un vínculo íntimo con el lector. También ayuda esa esperanza temblorosa, todavía insegura de sí misma. Desde la desesperanza absoluta resulta más fácil conectar con una esperanza frágil que con una rotunda.
El futuro aparece como vacío y como problema. Vacío porque hemos dejado de imaginarlo. Problema porque sólo sabemos pensar en él como amenaza.
¿Nos quedan fuerzas para pensarlo de otra manera?
La respuesta de McEwan parecería ser que no. Mirado desde un siglo hacia adelante, nuestro presente está demasiado hundido en la desesperanza y demasiado aferrado a la supervivencia para imaginar el futuro. Sin embargo, termina por construir un futuro feo y duro, pero existente.
Mendoza ofrece una respuesta nutrida de una esperanza no a prueba de balas, pero sí más vivaz y militante. Recupera para ello a Garcés, quien propone interrogar la creencia en el apocalipsis en lugar de simplemente dejar que nos habite y nos incapacite.
Quizá el verdadero triunfo de la ideología apocalíptica no sea convencernos de que el planeta será destruido, sino de que ya no vale la pena pensar en el largo plazo. Si el futuro está cancelado, ¿para qué construir instituciones, educar, investigar o comprometernos con algo que vaya más allá de la urgencia del presente?
Garcés, nos dice Mendoza, propone dos antídotos. El primero: cambiar el lenguaje. Ponerle a la catástrofe nombres propios y verbos activos para recordar que el colapso no simplemente ocurre sin que esté siendo producido por personas, gobiernos y grupos concretos.
El segundo: atrevernos otra vez a prometernos cosas unos a otros. Recuperar la promesa como el hilo que vuelve a enlazarnos con el futuro y contribuye a hacerlo posible.
Tal vez esa sea la tarea. No negar la catástrofe ni refugiarnos en optimismos fáciles, sino impedir que la certeza del desastre nos robe, por adelantado, toda posibilidad de agencia.