Política

Elecciones 2027: el reto de aprender a vivir sin el fundador

Mientras Beatriz Mojica y Félix Salgado Macedonio se disputan Guerrero, Waldo Fernández se mueve en Nuevo León, y Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar libran una temprana batalla por Chihuahua, la dirigencia nacional de Morena intenta imponer reglas y contener ambiciones. Más de 50 aspirantes pelean por 17 gubernaturas. La carrera por 2027 ya comenzó. Lo que sobran son candidatos. El reto será administrar las aspiraciones desbocadas de tantos y tantas sin generar fracturas internas mayores.

Muchos ven en las elecciones de 2027 un examen para Claudia Sheinbaum. Lo serán. Pero esos comicios implicarán algo más. Será el momento en que el obradorismo enfrente el problema que Max Weber consideraba el más difícil de todos para los liderazgos carismáticos: el de la sucesión. O, dicho de otra forma, el tránsito de las personas a las instituciones.

Durante dos décadas, López Obrador fue, al mismo tiempo, fundador, candidato, árbitro, líder máximo y gran elector del movimiento. Su autoridad personal permitía contener y pacificar conflictos, repartir espacios y procesar diferencias. Ganar o perder una candidatura dolía menos cuando la decisión provenía de alguien cuya autoridad nadie cuestionaba. La autoridad del fundador reducía los costos de perder y hacía posible mantener unido al conjunto.

Importa subrayarlo, porque el problema de los movimientos políticos articulados en torno a una figura carismática no es conquistar el poder. Es sobrevivir a su fundador.

Las elecciones de 2027 serán las primeras en las que Morena acuda a las urnas sin la presencia abierta de quien ha sido su principal motor. AMLO ya dejó la Presidencia, pero sigue siendo la figura política más importante del movimiento que construyó. Ocurre, sin embargo, que ningún liderazgo carismático es eterno, y que el carisma no se hereda. Tiene que transformarse en reglas, organizaciones e instituciones. En breve, tiene que rutinizarse. Ese tránsito —del liderazgo personal a la organización impersonal— constituye la verdadera prueba de fuego para Morena.

Para el partido gobernante el principal problema no es la oposición. Las encuestas nacionales le dan alrededor de 39 por ciento de intención de voto para diputados federales, muy por encima del PAN (11 por ciento), PRI (10 por ciento) y MC (9 por ciento). Esos niveles son muy similares a los que registraba antes de las elecciones intermedias de 2021, cuando tenía 41 por ciento en las encuestas y la coalición gobernante terminó obteniendo 43.6 por ciento de los votos. PAN y PRI son hoy más pequeños que entonces y Movimiento Ciudadano, aunque en crecimiento, sigue lejos de disputar la primacía nacional de Morena y sus aliados.

Y ahí reside el intríngulis central. Los partidos débiles suelen sufrir por falta de cuadros. Los partidos dominantes, por exceso de aspirantes. La abundancia suele ser más difícil de administrar que la escasez. El principal problema de Morena no es la falta de apuntados, sino su exceso.

De ahí la importancia de las nuevas reglas impulsadas por la dirigencia encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández —y detrás de ellas, la propia Sheinbaum—: límites a las campañas adelantadas, restricciones al nepotismo, filtros para los aspirantes y el compromiso de aceptar los resultados de las encuestas. Más allá de sus alcances reales, esas medidas revelan una preocupación profunda: evitar que las derrotas internas se conviertan en rupturas.

Mucho dependerá, obviamente, de qué tanto Claudia Sheinbaum logre hacerse de la autoridad y el peso necesarios para arbitrar y conducir el proceso. El reto no es menor. Tendrá que enfrentar el fantasma del expresidente y de los diversos liderazgos dentro de Morena que se ostentan como los elegidos por este. Tendría que hacerlo, además, no como la persona Claudia, sino desde su cargo de titular del Poder Ejecutivo Federal. Si lo consigue, habrá tendido un puente para salvar el abismo que yace entre el liderazgo carismático y la institucionalización.

La historia política latinoamericana ofrece ejemplos tanto de éxitos como de fracasos en esta materia. El APRA peruano y el PRD mexicano nunca lograron procesar plenamente los conflictos derivados de la desaparición de sus líderes históricos y terminaron consumidos por sus propias divisiones. El peronismo sobrevivió a Perón, porque gobernadores, sindicatos y estructuras territoriales permitieron convertir —a ratos mejor, a ratos peor— los conflictos en competencia regulada. Y el viejo PRI consiguió armar mecanismos —autoritarios, pero también incluyentes— para transformar el problema de la sucesión en una fuente de estabilidad y continuidad en el poder.

Quizá por ello, la comparación más relevante para Morena no sea el viejo PRI, como sostienen muchos de sus críticos y algunos de sus simpatizantes, sino el PRD. El reto principal para Morena no es evitar parecerse demasiado al tricolor. Su desafío más importante es no terminar como el PRD. Porque los partidos dominantes rara vez son derrotados desde fuera. Sus derrotas suelen venir de fracturas y desgajamientos internos.

Visto el problema desde ahí, el verdadero significado de largo plazo de las elecciones de 2027 tendrá que ver con qué tanto el morenismo/obradorismo es capaz o no de vivir sin su fundador.

Entre los registrados ayer está el alcalde con licencia Cruz Pérez Cuellar. Daniel Augusto
Entre los registrados ayer está el alcalde con licencia Cruz Pérez Cuellar. Daniel Augusto


Google news logo
Síguenos en
Blanca Heredia
  • Blanca Heredia
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.