Con los años no solo cambia el cuerpo: cambia el ritmo. El mundo parece avanzar más rápido de lo que una puede seguir, las conversaciones se superponen y los temas se abandonan antes de terminarse. Entre estudiantes jóvenes y una hija que se mueve a otra velocidad, se vuelve evidente que no todos habitamos el mismo tiempo.
Esa diferencia se hizo visible, casi por accidente, al ver el caos provocado por la venta de boletos para un concierto de BTS: filas virtuales eternas, sistemas caídos, gente esperando durante horas. Parecía una molestia menor, algo de lo que cualquiera podía salir cerrando la computadora. Una espera prescindible.
El problema es que no todas las esperas tienen salida. Hay esperas que ocurren en instituciones públicas y que no se pueden abandonar: pasillos llenos, ventanillas lentas, trámites que piden una y otra vez los mismos datos. Ya no se trata de información necesaria, sino de tiempo. Tiempo que se consume para sostener la demora, para que la espera no parezca abandono, sino procedimiento.
El Estado sabe preguntar con precisión cuando le importa saber. Pero cuando no le importa resolver, pide datos interminables que no llevan a ningún lado. Formularios largos, campos repetidos, trámites que ocupan horas sin cambiar nada. No son datos para decidir mejor, son datos para que la espera tenga forma.
La diferencia se nota rápido: quien puede pagar no espera; quien depende del sistema público aprende a sentarse y aguardar. La espera no es neutra: es una experiencia de clase, se hereda, se normaliza y casi siempre se vive en silencio.
En materia de salud, la espera persiste no por falta de leyes, sino por costumbre. La Constitución, los tratados internacionales y la Ley General de Salud hablan de atención oportuna e inmediata, no de paciencia ni de trámites previos. Sin embargo, lo urgente se vuelve expediente, el formulario pasa primero y la persona aprende que su dolor puede esperar.
Tomarse los derechos en serio no es repetirlos en la ley, sino cumplirlos cuando falta tiempo, no cuando sobra. Mientras la atención inmediata sea habitual para quienes pueden pagar y la espera la respuesta para quienes no tienen otra opción, el problema no será la ausencia de normas, sino la forma cotidiana de decidir a quién se atiende primero.