Política

Cuando el poder intenta entrar en la conciencia

A veces una conversación deriva sin aviso hacia lugares inesperados.En mi caso, terminó en los tejocotes. Una anécdota familiar, ligera en apariencia, me llevó a decir una frase común y bienintencionada: “no pienses eso”. Después caí en la cuenta de que pedirle a alguien que no piense algo no es tan inocente como suena. No es una orden ni una amenaza, pero sí una forma suave de orientar la conciencia ajena, de sugerir qué pensamientos conviene descartar.

Esa frase empezó a acompañarme mientras veía imágenes recientes del mundo: incendios, multitudes que gritan y otras que callan, mujeres que se quitan el velo frente a la policía en Irán. No como consigna, sino como límite. Ese gesto no busca solo desobedecer una norma externa, sino resistir una imposición interior.

Durante el siglo XX hubo regímenes que no se conformaron con regular la conducta pública. Aspiraron a algo más peligroso: influir en lo que las personas pensaban, dudaban o callaban. No bastaba obedecer; había que aprender a vigilar el propio pensamiento. Con el tiempo, creímos que esas experiencias pertenecían al pasado y las convertimos en material de museos y películas, como si ya no tuvieran nada que decirnos en presente.

Por eso el derecho internacional puso especial cuidado en proteger la libertad de pensamiento y de conciencia. El artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos parte de una idea elemental: existe un espacio interior que el poder no puede ocupar legítimamente. El derecho puede ordenar conductas, pero no tiene autoridad para decidir lo que alguien cree o piensa en silencio. Incluso en situaciones excepcionales, la conciencia permanecefuerade negociación.

NuestraConstituciónrecogeese mismo límite. El Estado no tolera la conciencia: carece de competencia sobre ella. Nadie es sancionado por lo que piensa; el derecho actúa sobre hechos, no sobre ideas.

El problema es que la invasión rara vez empieza de forma abierta.A veces llega envuelta en polarización. No se prohíbe pensar distinto, pero se vuelve incómodo hacerlo. Nadie ordena qué pensar, pero todo el tiempo se explica por qué conviene hacerlo de cierta manera. Así, la frontera de la conciencia se va corriendo sin necesidad de órdenes, mientras seguimos creyendo que el autoritarismo siempre ocurre en otros lugares. A veces, para cruzar ese límite, basta una frase dicha con buena intención. 


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Bertha Orozco
  • Bertha Orozco
  • Jueza de Distrito en el Estado de Hidalgo
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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