A las dos y media de la mañana llegó un mensaje a un grupo de amigas. Una de ellas estaba en Venezuela y preguntaban si se hablaba de una intervención, si todo estaba bien. Abrí el teléfono medio dormida. Si eso era una guerra, se parecía poco a las guerras que una imagina: no había explosiones ni imágenes claras, solo mensajes, opiniones, condenas, aplausos. Todo dicho con urgencia. Demasiado.
Dejé el teléfono a un lado. No porque no importara, sino porque ahí no había espacio para no saber. Y yo, en esemomento, solo quería dormir.
Horas después, la respuesta fue sencilla: todo seguía igual, en la calle no se percibía nada distinto. Más tarde desperté a mi hija.
—¿Ya sabes que agarraron a Maduro y tú sigues dormida?
—¿Y yo qué puedo hacer? —me dijo.
—Opinar.
—No sé nada. No sé qué opinar.
Se dio la vuelta y siguió durmiendo.
Al mediodía pregunté a mi hermana. Tampoco opinó. “No se puede hacer nada”, dijo. Seguimos comiendo. La urgencia, el miedo y las certezas no estaban ahí: estaban en la pantalla. Decir algo empezaba a parecer suficiente. Callar dejaba la conversación abierta.
El lenguaje del derecho internacional no suele empezar en una mesa. Sus grandes textos hablan en nombre de pueblos y Estados, buscan ordenar conflictos que afectan a millones, fijar límites, generar posiciones comunes.Por eso, en momentos así, se espera que la sinstituciones hablen.
Leí un comunicado institucional que afirmaba que no es posible permanecer indiferentes frente a violaciones graves de derechos humanos. El mensaje era claro: observar no basta.
Pero ese lenguaje también introduce una presión que rara vez se nombra. Si no basta con observar, ¿qué lugar queda para quien todavía no tiene una opinión formada?¿Para quien duda, para quien necesita tiempo, para quien no sabe qué decir?
La libertad de expresión, protegida por el derecho internacional, no convierte la opinión en una obligación inmediata. Como recordó Ronald Dworkin, no se justifica por su utilidad, sino por el respeto debido a cada persona como agente moral. Desde ahí, ni hablar ni callar pueden imponerse como deber.
En un tiempo que exige pronunciamientos inmediatos, quizá también haya que defender ese espacio donde aún no hay palabras. No como evasión, sino como una forma elemental de responsabilidad: la de no decir nada cuando todavía no se sabe qué decir.