Trump se muere de ganas de realizar una intervención en contra de los narcos en México. Lo más probable es que lo haga. A las pulsiones agresivas y protagónicas de alguien que entiende el éxito a partir de manotazos de poder y demostración de macho alfa, se suma el cálculo político. Su popularidad sigue cayendo y el bombardeo en contra de Irán lo irá acentuando. El nuevo frente abierto en Medio Oriente ha provocado un impacto negativo en tres factores que condicionan el estado de ánimo de los ciudadanos: el precio de la gasolina, que afecta a la inflación, la caída inmediata y persistente en la bolsa de valores (más de la mitad de los estadunidenses posee acciones) y la muerte de soldados en conflictos internacionales (hasta ahora seis militares han caído producto de esta crisis en los últimos días).
Trump está urgido de levantar sus niveles de popularidad, pues de lo contrario será responsable de una caída significativa de los candidatos republicanos en las elecciones de noviembre. No solo está en riesgo la pérdida de alguna de las dos cámaras, quizá ambas, con lo cual el Poder Legislativo se convertiría en un freno a la voluntad presidencial en los últimos dos años de su gobierno. También habría que considerar la valoración que los propios republicanos hacen de Trump. Si bien es cierto que varias figuras importantes proceden del nuevo conservadurismo, vinculado a la agenda de MAGA, la mayoría de los políticos profesionales republicanos se muestran incondicionales del presidente en función de un cálculo político. En el momento en que lo perciban como un lastre a sus propias carreras, comenzarán a deslindarse. En suma, Trump necesita ser percibido, de nuevo, como una marca ganadora.
El problema es que le quedan cada vez menos cartuchos. El grueso de los ciudadanos está muy poco interesado en “los éxitos” que se apunte humillando a gobiernos extranjeros. Y mucho menos le apetece ver ataúdes de regreso de frentes lejanos que no constituyen una amenaza directa al pueblo estadunidense. La reacción por los excesos de ICE en la detención de “ilegales” comenzó a ser contraproducente a sus intereses. Las tarifas arancelarias no han abaratado las mercancías, todo lo contrario, y los empleos prometidos no han llegado.
Le quedan, pues, pocos cartuchos. El riesgo para México es que, en su urgencia, decida hacer una intervención directa en contra de los cárteles de la droga. Una especie de cruzada en favor de los “jóvenes que mueren cada año víctimas de los narcos mexicanos”. El presidente sigue hablando de 100 mil fallecidos cada año, aun cuando sabe que el número ha descendido a menos de la mitad e ignora la evidente intensificación de las acciones que el gobierno mexicano está realizando, con algunos éxitos, en contra del crimen organizado. Para Trump es fundamental mantener la idea de que las autoridades de nuestro país siguen fracasando o, peor aún, son cómplices del narco, porque solo así puede justificar la “necesidad” de que Estados Unidos haga algo de manera directa.
Salir del entrampamiento en el que se ha metido en Irán le exige concentrarse en ese tema por ahora. Pero con Trump nunca se sabe; con razón o sin ella, puede asumir que necesita un golpe mediático rápido para que la opinión pública quite la atención a Medio Oriente.
En todo caso, la reunión que sostuvo este sábado con once presidentes latinoamericanos conservadores, llamada pomposamente Escudo de las Américas, fue convertida en una acusación en contra de México. En el mejor de los casos, Trump conseguiría disfrazar una posible intervención como algo suscrito por varios países aliados; en el peor, se asegura que no exista un clima receptivo a la queja de México en el caso de una acción militar directa.
¿Y, en caso de darse, en qué puede consistir esa intervención? Si la Casa Blanca opta por sucesivas aproximaciones, de menos a más, lo menos “escandaloso” sería un ataque directo con drones a un laboratorio o a una base de sicarios en algún paraje aislado. El equivalente a las agresiones que Washington ha realizado sobre lanchas en aguas internacionales. Sin embargo, por grave que pueda resultar en términos de la relación de vecindad o de la violación de leyes internacionales, su impacto sobre el narco sería irrelevante. Muy poco para presumir frente a la opinión pública estadunidense. Otro escenario es que intente dar notoriedad a su intervención a partir de la cantidad: es decir una serie de acciones simultáneas sobre varios blancos, incautación de cuentas bancarias, órdenes de aprehensión en contra de personajes de la vida pública.
Tampoco se excluye una “extracción” directa de un objetivo visible y conocido por la opinión pública estadunidense. El problema es que los más conspicuos, como El Chapo, El Mayo Zambada o El Mencho ya no son opciones; tendrían que ir por un apellido conocido (alguno de Los chapitos, quizá) para “venderlo” como un golpe mortal en contra del cártel. Y, desde luego, también está la posibilidad de que procedan en contra de algún político mexicano de alto valor simbólico. Un ex gobernador, un ex miembro del gabinete. Algo de lo cual la oposición y sus opinadores no han dejado de regodearse.
Tampoco se trata de darle ideas a Trump. Como si las necesitara. Los halcones de Washington habrán sopesado cada una de sus opciones con matices y variaciones infinitas. Lo importante es que el gobierno mexicano haga lo propio: una ruta crítica para cada uno de estos escenarios. Por ahora la presidenta Claudia Sheinbaum se ha concentrado en una estrategia encaminada a desmontar las justificaciones que pudiera tener Trump para intervenir en México. Lo ha hecho con prudencia e inteligencia. Por desgracia, no hay defensa en contra de alguien que se inventa sus propias justificaciones. Solo queda pensar con cuidado las estrategias de control de daños frente a lo que parecía impensable y hoy luce inminente.