En el año 1347 llegó a Mesina, Italia, en una embarcación proveniente de Constantinopla, una poderosa enfermedad. Aquellos navegantes, de origen genovés, mostraban fiebre, escupían sangre, presentaban manchas negras en la piel y tumoraciones del tamaño de una manzana. A pesar de ser expulsados, su virulenta condición fue rápidamente transmitida a los habitantes de dicha región. Al cabo de varios meses, la zona sur de Italia quedaría infestada de dolor, muerte y putrefacción. Así comenzaba la Peste Negra, aquella mermaría un 60% de la sociedad europea. Para estos tiempos pospandémicos, la historia de la Peste Bubónica, como también se le conoce, es poco grata. Sin embargo, la intensión de presentar dicho suceso va de la mano con un tema actual, la alimentación en tiempos epidémicos.
Los cronistas de la época, como Giovanni Villani o Giovanni Bocaccio, relataron las escenas de la enfermedad, con ciudadanos que una vez contraída la enfermedad tenían los días contados, los cuales podían no ser más tres. La principal explicación del contagio se hincó en la higiene, las cosechas, el trato humano y, una de las más interesantes, el contacto visual. Sin mencionar que las posibles causas de la enfermedad se basaban en un castigo divino, exhalaciones desde el centro de la tierra (infierno) o el envenenamiento del agua y el aire; resultando en una bacteria transmitida por pulgas y, a su vez, por ratas. Los puntos más importantes de contagio fueron los puertos marítimos, por los cuales entraba gran cantidad de productos, entre ellos alimenticios.
Y es aquí donde la pregunta surge: ¿Cómo fue la alimentación durante la Peste Negra? Para los médicos de la época, una nutrición ligera sin caer en excesos era lo más recomendado. Por lo tanto, la dieta ideal era a base de higos, avellanas, nueces, ruda, azafrán y pimienta. Los productos que se debían evitar era la carne, el pescado y los lácteos, procurando beber vino y agua clara. Sin embargo, las poblaciones europeas de mediados del siglo XIV habían sido azotadas por constantes guerras, hambrunas y pobreza. Asegurar dicha alimentación no fue sencillo, al grado que el padecimiento alcanzó una alta tasa de mortalidad. Esto sin mencionar que, como se dijo líneas arriba, el contagio podía estar asociado al consumo de las cosechas, como el trigo u otros productos, cuando estas provinieran de regiones pestilentes, deviniendo en supersticiones.
Finalmente, la Peste Negra cumplió su ciclo de propagación, paralelamente, y de manera empírica o fortuita, se cerraron los caminos para las zonas infestadas. Sin embargo, la alimentación tuvo una pequeña clasificación; una de las posibles causas de la letalidad de esta peste fue, sin duda, el mismo mal que atañe al presente, la mal nutrición.