Una mañana me levanté con un antojo particular. Aproveché que debía salir al centro de la ciudad para cumplir mi deseo. Me dirigí a una zona popular, como lo son Los Portales, pero no tuve éxito. Mi última oportunidad era elaborarla yo mismo, solo necesitaba una panadería y una lonchería común. Mi suerte dio un giro cuando me crucé con un cartel que decía Tortas, Chilaquiles, huevos al gusto y más… En este momento detuve mi marcha y procedí a ingresar en ese local. De manera gustosa y amable pedí que me preparan una torta de chilaquiles, suponiendo que tenía bolillos para las tortas y totopos con salsa verde para los chilaquiles. Para mi asombro la respuesta por parte de la encargada fue: ¡No hago eso, solo le puedo dar una orden de chilaquiles!
José N. Iturriaga, en su libro La Cultura del Antojo, retrata uno de los aspectos más determinantes de todo mexicano, la gula. Pero no la desmedida y castigada por muchas religiones, sino aquella que nos permite idear, confeccionar y popularizar la oda al hambre. En varios momentos hemos dicho en este espacio que el éxito de las cocinas regionales depende del grado de hambre, precariedad o disponibilidad de los alimentos que se tenga. Este factor nos obliga a echar a volar nuestra imaginación y, de paso, nuestra salivación. Razones que nos llevan a confeccionar platillos que, de primer impacto, suenen grotescos, exagerados o ridículos.
De este modo aparece la Torta de chilaquiles o Tecolota. Estigmatizada en la zona norte del país, pues no es concebible un alimento compuesto, básicamente, de pura masa, tanto de trigo como de maíz. Sin embargo, dejan de lado que los chilaquiles, sin necesidad de llevar una proteína como carne de res, pollo, cerdo o huevo estrellado, ya es un platillo por sí sólo, y cambie su significado de solo tortillas fritas con salsa. Mismo fenómeno pasa con la torta de tamal o guajolota. Es más, en dicha obra antes mencionada, tampoco se habla a fondo de este platillo. El mismo caso se puede ver en redes sociales, donde, según la temporada, se pueden encontrar con memes y alusiones del origen y gusto entre los habitantes de Ciudad de México por este alimento.
Aunque, de manera silenciosa, han comenzado a aparecer tanto en los menús de algunos establecimientos como en cafeterías escolares. Y, sin temor a equivocarnos, visualizamos su popularización en pocos años. No nos sorprende que cuando esto pase aparezcan las versiones gourmetizadas en restaurantes de lujo a precios inflados.Esta historia termina con mi vuelta a casa, cargando un domo de plástico con una orden de chilaquiles y un bolillo, al final parecía que me saldría con la mía, ya que solo tenía que cortar ese pan por la mitad y rellenarlo con aquel manjar. Para mi sorpresa, dicho pan lleva unos cortes sobre el mismo, lo que evitaba, tristemente, que pudiera cumplir mi cometido.
otaconmx@yahoo.com.mx