Alicia ve a través de la ventana de su cuarto cómo la poca gente que transita por la calle lo hace a prisa, por el atípico clima que azota su ciudad. En lugar de un calor agradable, y en otros años hasta bochornoso, hoy en día se ve impactado por lluvias y frío casi invernal. ¡Pero si es Semana Santa! -exclama-, pero como diría el proverbio, “es el plan de Dios”.
El rigor con el que se vivía la Cuaresma en tiempo de virreyes y sacristanes poco o nada se parece a los tiempos de guardar en la sociedad mexicana, y no es que los invoquemos, sino que simple y sencillamente podemos notar el paso de los años. Es bien conocido que ni el clima ni la sociedad son las mismas. Guerras, gobiernos y “la modernidad” dejan huella conforme la población se acopla a los aires que cada generación va dejando a su paso. Y podemos empezar con el ejemplo clásico en este apartado: la comida y sus formas de presentación.
En 1844, letrados como Guillermo Prieto, bajo su seudónimo Fidel, publicaba en el periódico El Siglo Diez y Nueve un retrato de los puestos de chía, o en el término moderno “aguas frescas”, todo esto en el marco de la Semana Santa. Un México independiente veía con buenos ojos el folclore y la festividad expresada en la vida popular, las calles se llenaban de gente y, a su vez, de puestos improvisados con huacales. Entre tanto se podía ver el desfile de asnos cargados con verdolagas, ancas de rana, insectos, verduras y pescados, evidentemente la dieta de Cuaresma.
Aunque en entregas pasadas tratamos el tema del consumo de carne a finales del siglo XVIII, pareciera ser que para este momento las tradiciones levíticas habían vuelto a la normalidad, a pesar del pensamiento liberal, en ocasiones duro con la Iglesia, que se profesaba en aquellos tiempos. Como relata Prieto, el fenómeno de los vendedores de alimentos y afines religiosos, engalanaba las fechas; entre el pregón de los comerciantes y el tumulto de pobladores, la ciudad tomaba forma, lo que parecían tiempos de guarde o de adoración se convertían en convivencia y algarabía.
Recolectando dicha escena y transportándola a la época actual podemos ver no tanta diferencia; playas llenas, ciudades vacías, poco tránsito vehicular, etcétera. Sin embargo, en los días santos pareciera que nos transportamos a los viejos tiempos, la representación del Viacrucis es acompañada por gran número de observadores que, entre asombro, lástima y alguna botana, presencian la aprensión, juicio, azotes y crucifixión del salvador. Aunque ahora el puesto de chía es móvil, al igual que el de papas fritas y chicharrones, raspados y demás productos; la verbena popular pareciera ser la misma, donde el ritual se acompaña con alimentos populares. En algunos casos dando chapuzones, recostados sobre una hamaca o comiendo un helado en las escalinatas de la plaza de armas viendo cómo se quema el Judas, como es el caso de este sábado de gloria.