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Jueves , 25.04.2019 / 05:55 Hoy

El ornitorrinco

La posmentira

Bárbara Hoyo

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Qué cantidad de engaño nos tragaremos cada día que nos queda tan poco espacio para las verdades, por pequeñas que estas sean. Aunque, para ser franca, no hay verdades pequeñas: todas son gigantes y necesitan un lugar amplio y profundo para entrar; de otra forma, es imposible hacerles espacio. Es decir: las verdades no resbalan, no caben a la fuerza.

Las verdades, como las píldoras, se degluten enteras: es en vano nuestro intento de masticarlas. Y una vez que están adentro se vuelven parte de nosotros, se integran a nuestro cuerpo, pero con su propia voluntad. Por eso, cuando ellas quieren, nos desnudan y nos exhiben, nos dejan en evidencia, encuerados, para gritar que existen y que lo demás, eso que cargamos, eso con lo que nos disfrazamos, es solo un cuento que nos hemos contado tantas veces, que suponemos que lo creemos, aunque sea parte, aceptada, del engaño cotidiano.

Suponemos que nuestros pequeños relatos son más grandes que esas verdades que nos tragamos, en su momento y en su espacio. Incluso somos tan cínicos que a la mentira la llamamos posverdad, como si necesitara eufemismos, máscaras, antifaces, alusiones o debiéramos ocultarla para no mostrarnos.

Nos mentimos con tanta sinceridad y persuasión, que ya no nos ocupamos de corroborar si lo que sabemos, sentimos, odiamos y amamos es real. Le somos leales al encanto que, como hechizo, hace de nosotros alguien más, aquello que los demás quienes queremos que sean.

Despertamos y lo único certero (no siempre verdadero, pues a veces seguimos dormidos, soñando) es que estamos aquí, pero tal vez mañana o más tarde o mientras escribo este texto, nos quedemos en puntos suspensivos. Y tú y yo y todos dejemos de existir, aunque eso tampoco es real: solo dejaría de existir yo o tú o los demás, y mi percepción se volvería verdadera, aunque incorrecta.

¿La verdad puede estar equivocada? O yo, que escribo lo que creo, ¿puedo estarme engañando? Quizá lo que escribo es verosímil, pero no es cierto. Quizá tus dudas son mis certezas y, al mismo tiempo, mis certezas también son mis mentiras. Tal vez mis dudas son tus actos de fe y mi fe, pura apariencia. Allá donde existe la ficción, puede ser tu realidad; y aquí, donde existo yo, tal vez sea una farsa.

Puede ser que, en nuestro afán de ser genuinos, seamos muy incrédulos. En nuestra necesidad de creer en algo, condescendientes. Y en nuestra terquedad por ser honestos, exista mucha falsedad.

Esto aquí plasmado, en un periódico que se toca y es real y en una página que existe, pero no está, es creíble y es verdad. Aunque darlo por sentado es un error. Pero es un error veraz.

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