El reto más grande es ser uno mismo y no participar de los retos colectivos. Las redes han impuesto la moda de los retos, en un afán de demostrar que se pertenece a un grupo y que se está a la altura de sus exigencias. La masa de diferentes edades se involucra en acciones colectivas irracionales. Es la relación entre la pasividad de aceptar sin cuestionar esas ideas y las acciones que desata.
Imponerse retos es un concepto de la autoayuda y las ventas, es el camino para el “desarrollo personal”. El miedo al fracaso y a no cubrir las expectativas que el individuo se impone, lleva a ver la vida como una lucha en contra de sí mismo. Los retos laborales consisten en dar más a la empresa. El autoempleo, en muchos casos, se convirtió en auto explotación. El concepto ya arraigado en la sociedad se mutó en las redes sociales, en una diversión ociosa, peligrosa. La promesa de “crecimiento personal”: al cumplir el reto el participante se considera superior al resto.
La competencia estriba en los castigos colectivos, la masa sobreprotegida por la sociedad, hace penitencia por existir. Los retos son humillantes, abusivos, suicidas. El grupo que se reúne en torno a ese castigo no es de apoyo, es una comunidad de espectadores de su propio circo romano, “motivan” a seguir adelante para ser testigos de la aniquilación del otro.
La vida en esos grupos gira en torno a la inmolación sin heroísmo. El participante carece de causas o de ideales, no hay valores éticos, demostrar que puede lograr la meta está ligado a un sufrimiento gratuito. Los delirios motivacionales masificados, la excelencia degenerada en zafiedad alimenta pesadillas colectivas: dejar de comer, beber bidones de agua, provocarse la asfixia, beber antigripales calientes, comer y escupir los alimentos, selfies de alto riesgo, etcétera, etcétera.
La diversión está en hacerse daño, en exhibir el masoquismo como valentía. El grupo espera la desgracia para probar la sumisión, una vez “superado” otro reto surge de la nada y la masa lo sigue. La afición al castigo es parte de la deformación de la libertad, al no saber qué hacer con ese poder, la masa regresa a la esclavitud. Obedecer ciegamente, sin cuestionar pasa por desvalorar al propio ser. Ceder a esas imposiciones se explica desde la mutación del desarrollo personal en destrucción personal.
La empresa es la red, la autoridad es la mirada del grupo, el reto es la conquista de la auto humillación como demostración de la libertad y de una degradante superioridad. La vida paralela de las redes sustituye a la vida real, pero deja para esta las consecuencias de triunfar en la flagelación pública. La masa masoquista expía el pecado de tenerlo todo, de vivir sin esfuerzo en la inmolación de su integridad. El dolor es diversión, entretenimiento que persigue la sensación de existir dentro de una virtualidad que ha decidido que la masa es desechable. Después de cada reto surgirá otro, la masa exige su victimización como parte del sentido de su existencia.