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Jueves , 21.02.2019 / 18:25 Hoy

Casta Diva

La destrucción del Yo

Avelina Lésper

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La individualidad, la intimidad y la creatividad han caído en un proceso de obsolescencia programada. En la misma velocidad con la que caduca la información de las redes y los medios, caducan los seres humanos, es la mutación de ideas, personalidad, parejas, convivencia, seguidores, amigos que aparecen y desaparecen. Formamos parte de la gran sociedad desechable, el Yo, ese paso filosófico de la Ilustración que nos otorgó el derecho y la responsabilidad de ser individuos, se elimina con la misma facilidad con que se expulsa un nombre de las redes. Es una transacción y una trampa, mientras existe la falsa apreciación de que hay una ventana que da existencia a cada persona, le otorga una voz y un espacio de expresión, esta persona a cambio entrega su individualidad, su intimidad, se funde en el dictado de la masa, sometido a su juicio y su influencia, al grado de aceptar la posibilidad de ser eliminado, cosa ya irrelevante, puesto que ha sido asimilado. No hay existencia real, hay una integración tal que nulifica a la personalidad que contribuye a una alienación que le permita sobrevivir en el entorno virtual, que, para más paradoja, no existe, ya que su condición es la falta de realidad. La eliminación del Yo está dirigida al consumo, que debe ser masivo, se consumen costumbres, consignas, religiones, chismes, en la voracidad, el consumidor es el productor, cada palabra y gesto se ingresa para el apetito de los otros, en una cadena interminable de exterminio emocional, sensorial, creativo e intelectual. La tragedia es que la información basura que la masa virtual se traga en toneladas, ha sustituido a la cultura. La “viralidad”, el contenido viral, constituye una enciclopedia de la zafiedad que se evapora. El Yo virtual en su ilusión cree que es un ser importante, y no alcanza a soportar su presencia, se deja tragar y eliminar, ese proceso de canibalismo social es parte de la nueva forma de vivirse y comprenderse como ser humano. La degradación de la intimidad ha mutilado la capacidad biográfica, ya no hay biografía, hay exhibicionismo, el escaparate personal ofrece fotografías, actividades, la vida en sí misma, el vicio de mostrar y desechar incesante, que impide el seguimiento analítico de una biografía, ya no recodamos la propia vida porque la virtualidad exige olvido, la eliminamos para ofrecer más alimento a la voracidad digital. Sin permanencia y sin memorias, el intercambio epistolar que describía la relación entre las emociones personales, narrada con el ritmo de la caligrafía que reflejaba en su deformación y errores el ímpetu de los sentimientos, ahora es la replicación efímera de mensajes instantáneo, que destruyen el lenguaje, casi no contienen palabras, basta la imagen prefabricada que el sistema ha asignado a las nuevas emociones, emoticons, el catálogo de sentimientos que sustituye el corazón que daba habitación al alma. Vacíos, sin palabras, sin pasado, sin emociones reales, así merece desaparecer una masa dócil y esclavizada por la virtualidad.

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