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Lunes , 20.05.2019 / 22:32 Hoy

Columna de Augusto Chacón

Cuánta transformación y refundación para Mezcala

Augusto Chacón

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En una sola de las injusticias están contenidas todas. En cada desaparecido en Jalisco, de la cuenta de más de siete mil, asoma la impunidad que nos mina, no la que corresponde a cada caso: la impunidad entera, y en lo que significa una persona que su familia echa en falta, caben completas la indolencia y la ineficacia de los gobiernos. Cada cadáver que los criminales arrojan a la calle tiene la magnitud precisa del abismo que separa a los ciudadanos de las autoridades. En cada asalto callejero se acomoda íntegra la frustración y el enojo de la sociedad.

Los crímenes, las injusticias no son sino conceptos si los vemos y los medimos en cifras, su dimensión social no está dada por la cantidad, un delito, una iniquidad son un todo. La acumulación de ambos, crímenes e injusticias, implica una operación adversa a la lógica aritmética, resta: un homicidio doloso quita, dos sustraen el doble, mil nos apuran hacia un vacío de sustancia: perdemos humanidad, civilización, sentido comunitario, con todo y que para los gobiernos lo grande del número es directamente proporcional a la intensidad de su impulso para involucrarse.

Una injusticia rasga la delicada cubierta que guarda a la sociedad de la nada, una injusticia incesante es el amontonamiento de las que dejamos suceder cotidianamente, de cualquier clase, y nos vuelve partículas individuales, atraídas únicamente por su propia gravedad.

La parte agradable de vivir en comunidad es fácil, ocurre casi de manera natural, la ayuda mutua, disfrutar de lo que los demás hacen, digamos la música o pavimentar calles, y disponer para ellos y ellas lo que nosotros hacemos, fabricar muebles, leer, comprar café; pero ante la complejidad de la parte problemática, preferimos creer que si lo malo pasa lejos de nuestra casa, de nuestro entorno íntimo, en realidad no pasa, y una vez aclimatados a los crímenes y a las injusticias que ocurren en la lejanía, suponemos que nuestro espacio vital permanece inmaculado y que la rutina nomás estaba en espera de que dejáramos de estar distraídos para recomenzar, idéntica, como si nada.

La comunidad indígena Coca de Mezcala de la Asunción, en la ribera de Chapala, tiene veinte años padeciendo a una persona, Guillermo Moreno Ibarra, que invadió sus tierras; en febrero de este año el Tribunal Superior Agrario resolvió que debía restituirlas. Como pocas veces: la Justicia en persona, la Señora de la balanza en una mano, espada en la otra y con los ojos vendados, resistió las insinuaciones ilegítimas que en México pone en práctica quien quiere salirse con la suya a pesar de las leyes. No pocos festejamos.

La comunidad Coca de Mezcala es histórica; en 1826 G.F. Lyon, inglés, de paso por Jalisco, escribió en su diario, publicado por el FCE: «hasta que el “grito” corrió por el país (…) un sentimiento de agravio sacó a relucir un espíritu latente en ellos que aterrorizó a las tropas disciplinadas de sus opresores, y puso su nombre en un sitio eminente en la lista de los libertadores del país.»

Sin embargo, ése que desea irrefrenablemente lo ajeno reactivó uno de los subterfugios que usó durante la disputa agraria: alega que algunos comuneros robaron una torre de fierro que instaló en un sitio que, ya quedó asentado, no era suyo; la acusación ha seguido un rumbo que luce sospechoso. Dice el Centro de Justicia para la Paz y el Desarrollo, CEPAD: por estos días «la y los Magistrados del Primer Tribunal Colegiado tienen la gran oportunidad de resolver este caso desde una perspectiva diferenciada y por primera vez, reconocerles como integrantes de una comunidad indígena.»

¿Será verdad que en una sola de las injusticias están contenidas todas? El caso de Mezcala es una prueba para el sistema judicial y para nuestro talante: sentir propio el agravio a la comunidad, y los que sufren tantos, comenzaría a remediar los males que, así finjamos mirar para otro lado, no nos dejan estar y ser en paz.

agustino20@gmail.com

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