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Columna de Augusto Chacón

Complementaria ficción

Augusto Chacón

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La culpa. Primero fue un aluvión de sangre acumulada en sus cabezas, en sus mejillas, cuando, luego de bajar del andamio a toda prisa, vieron que la llama que allá arriba comenzó como una flama azul, inofensiva, se tornó fuego en lenguas mortificantes que cesarían sólo al quemarlo casi todo.

Nadie notó su agitación o que tuvieran chamuscados los guantes, el anochecer escondía detalles incriminadores, su cómplice era el hipnótico incendio. Las sirenas de los carros de bomberos y estos en carrera hacia la catedral los dispersaron. Como el resto de los mirones, los trabajadores de Les Bras Frères, los que había por ahí, no muchos pues la jornada tenía un rato de haber terminado, se apostaron un poco más allá para atestiguar la consumación; ellos se mantuvieron juntos, los extasiaba la lumbre, si hubieran descrito su sentimiento habrían dicho que los latigazos que la hoguera tiraba al cielo eran su deseo de montarse en el humo y en él desvanecerse.

Dos horas antes bajaron de los andamios que recién habían ayudado a instalar, se quitaban los arneses y se preguntaban qué hacer, quizá tomar una cerveza; no hablaban francés, no importa el idioma, tenían trabajo para mucho tiempo y eso ameritaba celebrar ahora, los días Santos les impedirían sacar su gozo de sí mismos. Allá, dijo uno, movió la cabeza para señalar la aguja del templo, vi, entre la cubierta del techo, un tubo de plomo con una inscripción que no entendí. ¿Y? repuso el otro. Quise sacarlo, no pude; después llegó Kaspar y ya no lo intenté. ¿Será valioso? Tal vez, contestó, ya sabes que en estos templos la gente (no quiso decir albañiles) dejaba peticiones para salvar su alma y la de su familia, en una de ésas tiene quinientos años y valdrá alguna pasta. Dejaron de quitarse el equipo y concertados sin apalabrarse, aguardaron a que la luz disminuyera más.

Remontaron el andamio en el momento que supusieron nadie notaría su ascenso. Dieron con el lugar; sobre el techo, una de las cubiertas acanaladas estaba levantada y dejaba ver una lámina de plomo de unos cinco centímetros de diámetro unida a lo que parecía un tubo, con una inscripción apenas visible. Tiraron, apenas movieron el objeto. Quitaron la canaleta invertida, quedó a la vista parte de la cosa encajada entre maderas; algo la retenía y la luz natural no era suficiente para ver lo que debían hacer para desatascarla. Sacaron un encendedor.

La culpa. Días después era un sofoco incesante. Sin trabajo y rodeados de la noticia que abarcaba los informativos y las conversaciones, no les quedaba sino expiar su pecado, el impulso por liberarse era incontenible y confesaron. La Francia de la fraternidad, de la igualdad, de la libertad, de la democracia y de la cultura universal decidió desahogar su coraje, era inmenso el dolor patrio por la pérdida de Notre Dame y montó un juicio sumario en el atrio de su historia, para satisfacción de un régimen que da bandazos y para, por qué no, concitar más donaciones para la reconstrucción, no sólo del monumento, de la nación entera.

Los obreros validos de dos traductores contaron su lance. No hubo sitio en la Tierra que no siguiera el proceso. La consigna judicial, se supo luego, era perdonarlos, señal contundente de la Francia que reedificarían, y además los emplearían en la obra. Sin embargo, tanta rabia acumulada, tanta ineludible nota roja y tanta historia carbonizada exigían más; alguien lanzó una piedra que dio en la base del improvisado estrado ribereño. Las demás cayeron enseguida. Murieron los abogados defensores, fiscales, magistrados, custodios y tres camarógrafos, dos eran mujeres. La constante historia de las catedrales: la mayor gloria del Inmarcesible da invariablemente con sendas insólitas para fincarse, y la justicia simple de las mujeres y los hombres topa siempre con muros, más propios para la venganza que para reparar el mal. Quizá la inscripción en la tapa de plomo rezaba: ego fui hic, filii pontificis (aquí estuve, hijos del obispo).

agustino20@gmail.com

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