Política

La banalidad del mal

El concepto de la banalidad del mal, formulado por Hannah Arendt, constituye una de las reflexiones más perturbadoras del siglo XX: el mal no siempre nace del odio profundo o de la perversidad consciente, sino de la ausencia de pensamiento crítico, de la obediencia ciega y de la normalización de actos injustos. Hannah Arendt estuvo presente en el juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en el 1961 y fue allí esperando encontrar a un monstruo que fue uno de los principales organizadores del holocausto y que coordinó transportar a millones de judíos hacia los campos de exterminio.

La firma de Eichmann apareció en miles de documentos cuando Hannah Arendt lo vio en el banquillo detrás de un vidrio blindado encontró algo que no esperaba: encontró a un burócrata, a un hombre gris y mediocre que hablaba entre clichés y que repetía que él sólo cumplía órdenes, que él no odiaba a nadie y que simplemente estaba haciendo su trabajo. Arendt escribió algo que generó escándalo: dijo que Eichmann no era un demonio que era sólo un hombre que había dejado de pensar y lo llamó la banalidad del mal.

No del mal espectacular, no del mal que se anuncia, sino el mal silencioso, administrativo, una figura más inquietante: la del burócrata común que, sin cuestionar órdenes, contribuye a la maquinaria del horror, ese que avanza cuando las personas delegan su conciencia a un sistema y dejan de preguntarse si lo que hacen está bien o está mal, y eso incomoda mucho más que un monstruo porque un monstruo es fácil de reconocer, pero esta maldad pasa mucho más inadvertida.

Trasladado al contexto actual, este concepto adquiere una resonancia dolorosamente actual. El político que desvía recursos destinados a salud o educación, que firma contratos fraudulentos o que guarda silencio ante la violencia, rara vez se percibe a sí mismo como un agente del mal; más bien, se justifica en la inercia del sistema, en la lealtad partidista o en la supuesta inevitabilidad de sus actos.

La banalidad del mal se manifiesta aquí en la burocratización del sufrimiento. Decisiones tomadas en oficinas, con sellos y firmas aparentemente inofensivos, terminan traduciéndose en hospitales sin insumos, en comunidades abandonadas, en vidas truncadas. El ciudadano común, habituado a la ineficacia del Estado, corre el riesgo de normalizar estas conductas, convirtiéndose también en espectador pasivo. De este modo, la banalidad del mal no solo habita en los despachos del poder, sino que se extiende como una sombra sobre toda la sociedad. ¿Cuántas veces cumpliste quizá una orden o seguiste una creencia sin replantearte si lo que hacías estaba bien?


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Arturo Argente
  • Arturo Argente
  • Tec de Monterrey, Campus Toluca.
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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