Hace más de 35 años (1984) un periodista británico, Alan Riding, después de doce años de radicar en nuestro país escribió Vecinos distantes. El libro estaba dirigido al público estadounidense, pero se convirtió en un clásico en nuestro país para entender nuestra relación con el vecino del norte y retrata la relación entre México y Estados Unidos como una convivencia inevitable, marcada por la cercanía geográfica pero atravesada por desconfianza, asimetrías de poder y constantes malentendidos. No son enemigos declarados, pero tampoco aliados plenos: son, como sugiere el título, vecinos que comparten frontera, pero no necesariamente destino.
Bajo esa analogía, las acusaciones de narcotráfico que han surgido desde Estados Unidos contra figuras políticas mexicanas, incluido Rubén Rocha Moya y otros miembros vinculados a Morena, pueden entenderse como un episodio más de esa relación tensa y ambigua. Para Washington, el combate al narcotráfico es un asunto de seguridad nacional que no reconoce fronteras; para México, en cambio, dichas acusaciones suelen percibirse como actos de injerencia que vulneran la soberanía y presumen culpabilidades sin pasar por las instituciones nacionales.
En Vecinos distantes, Riding sugiere que Estados Unidos tiende a mirar a México desde una lógica pragmática y, a veces, utilitaria, mientras que México observa a su vecino con una mezcla de recelo histórico y necesidad estructural. Así, cuando surgen acusaciones de este tipo no sólo se cuestiona a los individuos señalados, sino que se reactivan viejas tensiones: ¿hasta qué punto puede un país juzgar o señalar a actores políticos de otro? ¿Dónde termina la cooperación y dónde comienza la subordinación?
La situación se vuelve aún más delicada cuando las acusaciones tocan a un partido en el poder, como Morena, pues entonces el señalamiento deja de ser individual y adquiere un matiz sistémico. En ese sentido, el episodio no sólo pone en entredicho la integridad de ciertos actores políticos, sino que también tensa la narrativa de legitimidad de un proyecto político completo.
Siguiendo la metáfora del libro, este tipo de conflictos son como grietas en una pared compartida: ninguno de los dos vecinos puede ignorarlas, pero tampoco pueden repararlas sin invadir el espacio del otro. Estados Unidos presiona desde su lógica de seguridad; México responde desde su defensa de soberanía.
Y en medio queda una relación que, aunque indispensable, sigue siendo profundamente desigual y desconfiada. La distancia más difícil de acortar no es la geográfica, sino la "cultural y mental"
Al final, como plantea Alan Riding, la relación bilateral no se rompe por estos episodios, pero sí se redefine constantemente en ellos. Cada acusación, cada respuesta, cada silencio, es una renegociación tácita de los límites entre cooperación y autonomía.