Entre mis clases universitarias y las conferencias externas sobre la ciencia de la felicidad, hablo mucho en público y siempre busco formas de hacerlo con mayor claridad y fluidez. Con ese fin, de manera regular doy charlas en dos idiomas que no son el mío, no idiomas elegidos al azar, por supuesto, sino aquellos que aprendí de adulto: español y catalán.
Aunque puedo mantener conversaciones cotidianas en estos idiomas (e incluso hablo uno de ellos habitualmente en casa), tengo acento extranjero y ni de lejos puedo expresarme con los matices o la profundidad científica que logro hacerlo en inglés. Por tanto, obligarme a impartir una conferencia formal resulta una experiencia incómoda. Sin embargo, cada vez que realizo una gira de presentación de libros en estos idiomas, mejoro a la hora de afrontar el reto lingüístico. E incluso descubro que este ejercicio mejora mi capacidad para hablar en público en inglés.
Este es un ejemplo concreto de una verdad más amplia: hacer algo en lo que eres malo puede hacer que mejores en aquellas cosas en las que sí destacas, además de permitirte, potencialmente, adquirir destreza en algo nuevo. Comprender esta dinámica puede darte ventaja en tu propio ámbito de excelencia y enriquecer tu vida en general. Para sobresalir en lo que haces, date la oportunidad de reprobar en otra cosa.
Intentar hacer algo y no lograrlo no es agradable. Si empiezas a esquiar de adulto, casi con toda seguridad sentirás frustración al caerte una y otra vez. La razón por la que detestamos ser malos en algo o fracasar es que, cuando una actividad orientada a un objetivo se ve obstaculizada o bloqueada (ya sea por una fuerza externa o por nuestra propia falta de aptitud), se estimula la corteza cingulada anterior dorsal, una región que forma parte de los circuitos cerebrales del dolor. Es la misma zona que se activa cuando sufrimos rechazo social.
Sin embargo, este tipo de dolor mental trae consigo un beneficio evolutivo: genera la motivación necesaria para triunfar, ya sea en la actividad en cuestión o en otra distinta. En un estudio reciente con jugadores de béisbol, a pitchers expertos -que, por lo general, son malos bateadores- se les sometió a prácticas de bateo. Los investigadores descubrieron que su bajo desempeño al batear y la consiguiente frustración los impulsaban a esforzarse más por mejorar sus lanzamientos.
Este efecto motivador también se observa en las actividades de negocios. De acuerdo con un estudio publicado por un grupo de psicólogos en 2018, cuando los empleados se sienten frustrados por una relativa incompetencia en una tarea concreta, tienden a sentirse motivados para demostrar mayor competencia en aquellas actividades que ya dominan. Es posible que te identifiques con este fenómeno si, después de verte obligado a salir de tu zona de confort laboral, descubriste que tu motivación para desempeñar tus tareas habituales aumentaba posteriormente.
El malestar emocional que conlleva el fracaso también puede estimularte para que mejores en la actividad en la que te falta destreza, siempre y cuando seas capaz de reinterpretar esa experiencia negativa como una oportunidad de crecimiento personal. Así lo constataron unos investigadores en 2022 al realizar un experimento de campo en un club de improvisación. Se pidió a un grupo de improvisadores aficionados que buscaran activamente esa sensación de incomodidad o torpeza. Los investigadores observaron que, en comparación con los que no recibieron dicha instrucción, los miembros de este primer grupo se involucraron más en el ejercicio. En lugar de percibir la incomodidad como algo que debía evitarse, la consideraron un elemento fundamental del proceso y la asumieron plenamente.
Otra estrategia útil para transformar la incomodidad del fracaso en un motor de progreso es lo que los psicólogos denominan “rumiación orientada a la acción”. Es muy conocido que rumiar sobre el fracaso suele ser una pérdida de tiempo destructiva, ya que este tipo de reflexión se centra en la propia valía y en lo que el fracaso revela sobre la persona. La rumiación orientada a la acción, en cambio, es diferente: se centra en la tarea y consiste en repasar los errores concretos cometidos y analizar cómo podrían corregirse en el futuro. Los estudios demuestran que reflexionar de manera deliberada y constructiva sobre una actuación deficiente puede conducir al aprendizaje y a la mejora, en lugar de generar frustración y pesar.
Las investigaciones demuestran claramente que, aunque detestamos fracasar, hacerlo puede resultar beneficioso para aprender una nueva habilidad o perfeccionar una que ya poseemos. Esto tiene implicaciones para mejorar nuestra vida cotidiana.
Tomemos, por ejemplo, una de las fuentes más comunes de dolor emocional: el rechazo al buscar una relación sentimental. Empieza por reconocer que ninguna relación está exenta del riesgo de fracaso y decídete a correr ciertos riesgos. Pero recuerda también una verdad reconfortante, si se produce un rechazo, la angustia casi con toda seguridad vendrá acompañada de la motivación para buscar consuelo en otras relaciones exitosas, como las que mantienes con familiares y amigos, esforzándote por mejorarlas aún más.
Una vez que ingreses en el mundo de las citas, no intentes evitar sentirte nervioso. Al contrario: al igual que los participantes en ejercicios de improvisación, acepta tu inquietud como una parte fundamental del aprendizaje y la mejora. Esto hará que te sientas más tranquilo al dejar de luchar contra emociones como el miedo y la ansiedad, y al valorar la incomodidad en sí misma. Luego, después de una cita fallida, deja a un lado los reproches personales y, en su lugar, reflexiona analizando el encuentro minuciosamente, tratando de determinar cómo podría haber mejorado cada etapa de la cita. Este proceso mejorará drásticamente la experiencia y aumentará las probabilidades de éxito con el paso del tiempo.
Puedes aprovechar el fracaso -o, al menos, un desempeño mediocre- en muchos otros ámbitos de la vida. Si eres estudiante, toma una clase totalmente ajena a tus habilidades e intereses, sabiendo que el esfuerzo por superar un desafío novedoso puede mejorar tu estudio en aquello que sí te gusta. Disfruta de la dificultad y analiza a fondo los errores que cometas, casi con toda seguridad descubrirás que te va aún mejor en tu materia preferida.
Los empleadores también pueden aplicar estos principios. Me gusta la “regla del 75/25”, según la cual los empleados dedican tres cuartas partes de su tiempo a la tarea asignada y una cuarta parte a ayudar a otras personas fuera de su área. El costo a corto plazo es la fricción que surge cuando las personas se enfrentan a lo nuevo y a lo difícil; los jefes deben cuidar de no empeorar esta situación mostrándose punitivos o excesivamente críticos. Sin embargo, he comprobado los beneficios a largo plazo: una mayor motivación en la tarea principal, así como un mejor flujo de información y una distribución más eficaz de nuevas habilidades entre las distintas actividades de la empresa.
El principio de aceptar el fracaso puede incluso se puede aplicar a la felicidad misma. Nadie quiere ser infeliz. Sin embargo, invitar a la vida ciertas fuentes de infelicidad puede resultar sumamente beneficioso. Decídete a no temerle al miedo, a la ira ni a la tristeza; al fin y al cabo, son partes normales y naturales de la vida. Afrontarlos abiertamente, aunque resulte incómodo, mejorará tus habilidades para manejarlos. Y, si se lo permites, te ayudarán a saborear aún más las alegrías de la vida.
Para un próximo discurso, encontré una antigua expresión en catalán que ilustra perfectamente la idea de que arriesgarse al fracaso aumenta las probabilidades de éxito: “Qui no s’arrisca, no pisca”. Podría traducirse literalmente como “quien no se arriesga no pesca”, aunque su equivalente en inglés sería “Nothing ventured, nothing gained” (quien no arriesga, no gana). Aun así, la expresión catalana me parece más poética. ¿Lo ves? Ya se ganó algo.