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No hagas charlas triviales, piensa en grandes conversaciones

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Braulio Montes
Braulio Montes

M+.- Por regla general evito las cenas sociales y profesionales. No porque sea antisocial o no me guste la comida; todo lo contrario. Es porque las conversaciones suelen ser largas, superficiales y tediosas. Sin embargo, recientemente, mi esposa y yo asistimos a una cena con varias otras parejas casadas desde hace mucho tiempo que resultó ser la reunión más fascinante que hemos tenido en mucho tiempo. La anfitriona, a quien solamente habíamos visto una vez antes, abrió la velada con algunas cortesías, pero casi de inmediato planteó esta pregunta a las parejas presentes: “¿Alguna vez han tenido una crisis importante en su matrimonio?”.

Todo un rompehielos, ¿verdad? Frente a eso, podrías pensar que estarías poniendo excusas y apresurándote a emprender la retirada. Pero primero, tengamos en cuenta el entorno social: esta cena ocurrió en Madrid, no en Minneapolis. Más concretamente, la anfitriona presentó el tema con un raro grado de gracia y habilidad: lo hizo de una manera que comunicaba curiosidad genuina sobre la experiencia de otras personas, y con calidez, humor y amor. Su pregunta generó respuestas fascinantes, sinceras y reflexivas; así que, lejos de tener ganas de irme, descubrí que las horas pasaban volando (lo que no es poca cosa, dado que muchas cenas en Madrid pasan de la medianoche).

La ocasión me dejó pensando que la mayoría de nosotros podríamos aprender un par de cosas sobre cómo participar en una conversación —incluso una con un tema delicado o difícil— para que la interacción inspire alegría e interés. Afortunadamente, existen muchas investigaciones que pueden mostrar cómo hacer precisamente eso.

A algunas personas les resulta más fácil conversar que a otras. Los extrovertidos encuentran estimulantes las relaciones sociales, mientras que los introvertidos suelen considerarlas agotadoras. Los neurocientíficos ofrecen una explicación interesante para esto. En un artículo de 2011 de la revista Cognitive Neuroscience, los investigadores utilizaron electroencefalografía para medir la actividad cerebral conocida como onda P300, cuando a los sujetos se les presentaban rostros humanos.

Descubrieron que los extrovertidos tenían amplitudes de P300 más altas que los introvertidos, lo que significa que los estímulos sociales atrapaban su atención (una condición obvia para entablar de forma vigorosa una conversación).

Los introvertidos mostraron menos actividad cerebral asociada con la atracción o el interés por los rostros de interlocutores potenciales, por lo que podemos suponer razonablemente que los individuos de este tipo estarían menos preparados para una conversación animada.

Otro grupo para el que las conversaciones resulta difícil es el de personas en espectro autista, incluso si es leve y son altamente funcionales. Los expertos en este campo ofrecen tres explicaciones para esto: una resistencia a cambiar de tema, no hacer preguntas de seguimiento y una tendencia a fijarse en un tema en particular excluyendo otros.

Uno de los problemas más comunes de las conversaciones es que no nos entendemos tan bien como creemos.

En 2011, cinco investigadores publicaron en el Journal of Experimental Social Psychology un estudio que demostró que, incluso entre amigos y parejas, las personas creen comprender lo que los demás quieren decir hasta en 85 por ciento de las veces, cuando en realidad la confiabilidad de comprensión es de 44 por ciento.

Como señalan los investigadores, una pregunta tan inocente como “¿Qué has estado haciendo?” puede expresar interés genuino, molestia por la tardanza o sospecha acerca de lo que ha estado haciendo.

Esta inestabilidad del significado puede deberse a la ambigüedad del tono o, sencillamente, a que no escuchamos a los demás con suficiente atención.

En un experimento reciente, en el que se pidió a los participantes que conocieran a otra persona, se descubrió que, de hecho, uno de los interlocutores no estaba escuchando al otro durante 24 por ciento de la interacción.

Podría decirse que la principal razón por la que las conversaciones son difíciles es que no nos preparamos para ellas ni nos esforzamos por mejorar nuestra manera de conversar.

Ese es el argumento de mi colega de Harvard, Alison Wood Brooks (no somos parientes), cuyo nuevo libro, Talk: The Science of Conversation and the Art of Being Ourselves, recoge décadas de investigación sobre la manera en que nos relacionamos con los demás y sobre cómo hacerlo mejor y que lo disfrutemos más.

Como muestra Brooks, por lo general dedicamos más tiempo a pensar qué nos vamos a poner para una cena que a pensar de qué vamos a hablar.

Los investigadores han descubierto que, además de la simple flojera, esta despreocupación por la conversación se debe a que 50 por ciento de las personas creen que pensar de antemano en algunos temas hará que la conversación se sienta forzada y artificial; solamente el 12 por ciento piensa que esa preparación mental mejorará la experiencia.

Brooks propone cuatro principios respaldados por la investigación para tener conversaciones sólidas y agradables.

Para recordarlos, utiliza un recurso mnemotécnico llamado, apropiadamente, TALK (Hablar).

T de Topics (temas)

Antes de entablar una conversación, piensa en algunos temas que te gustaría discutir con las personas que te acompañan.

Sin duda, nuestra anfitriona en Madrid tenía esto en mente. Sabía perfectamente que sus invitados compartían sus valores y creencias acerca del matrimonio y, casi con toda seguridad, había sopesado de antemano los riesgos de sacar un tema delicado.

Su rompehielos no fue espontáneo, sino premeditado y -lejos de volver incómoda la situación- elevó el nivel de confianza en la mesa.

Esta estrategia funciona en contextos distintos a una cena entre amigos. Yo suelo anotar las preguntas importantes que quiero hacerle a mi esposa.

Intenta mantener una lista de temas que puedan ser interesantes cuando hables con las personas importantes de tu vida.

Una pregunta que hayas preparado puede ser incluso un buen pretexto para hacer una llamada o visitar a alguien.

A de Asking (preguntar)

Evidentemente, un interrogatorio rígido no es precisamente una buena conversación.

Mis alumnos universitarios suelen quejarse de que esa es la única forma en que sus padres se comunican con ellos, lo que sugiere que algunos padres se quedan atrapados en una dinámica que viene de cuando sus hijos eran pequeños y no han desarrollado con ellos una relación como adultos.

Es un problema particularmente generacional y, tal vez, también familiar.

Pero, por regla general, una conversación sin preguntas resulta poco gratificante: no es divertido hablar con alguien que parece no tener la más mínima curiosidad.

La diferencia está en que hacer buenas preguntas requiere escuchar con atención. Cuando de verdad te concentras en lo que la otra persona está diciendo, las preguntas de seguimiento surgen de manera natural.

En cambio, cuando escuchar no significa más que esperar tu turno para hablar -algo muy común en mi mundo académico- las preguntas de seguimiento son inexistentes o se hacen por mera formalidad.

L de Levity (ligereza)

Brooks es una gran defensora del humor porque hace las conversaciones divertidas. Esto no significa entrar a un grupo de improvisación cómica. De hecho el humor que funciona rara vez consiste en contar chistes, sino en mantener un “buen humor”: ligereza e ingenio evitan que sean pesadas y solemnes.

Podríamos pensar en la risa como un lubricante social. Un estudio descubrió que solo de 10 a 15 por ciento de las risas en una conversación son respuesta a algo jocoso.

Una manera sencilla de conservar ese buen humor es sonreír, tanto por beneficio propio como de las personas con las que conversas. Los psicólogos saben desde hace mucho que sonreír mejora el estado de ánimo.

Además, se ha demostrado que una sonrisa es contagiosa:

Tendemos a captar la señal emocional de un rostro que nos sonríe con simpatía y, como consecuencia, a sentirnos más felices.

Cuando te prepares para tu próxima cena, intenta sonreír frente al espejo mientras te anudas la corbata o te maquillas.

K de kindness (amabilidad)

Este es probablemente el ingrediente más importante de una buena conversación, porque implica preguntarte a otra persona qué necesita y después dárselo.

Como señala Brooks, puede tratarse de ánimo, una crítica sincera, ideas nuevas, alguien que simplemente te escuche, preguntas que te hagan replantearte las cosas o solo un descanso. Pero siempre implica concentrarte principalmente en la otra persona, y no en ti mismo.

Tal vez esto suene agotador o poco divertido. Todo lo contrario. Como ya demostraron numerosos estudios, utilizar nuestros recursos en beneficio de los demás suele darnos mayor felicidad que usarlos en nosotros mismos.

Y, desde luego, esto no se limita a los recursos materiales: de hecho, tu atención puede ser lo más valioso que puedes compartir con alguien en un momento determinado.

Hay una última cosa que conviene tener presente cuando se trata de mejorar conversaciones: en aquella cena en Madrid, el ingrediente principal de aquella interacción tan estimulante fue su profundidad.

La razón por la que suelo rehuir las cenas en general es su superficialidad, su obsesión con temas que en realidad no importan, ese tipo de encuentro que simplemente mata el tiempo de manera inocua, sin verdadera inversión emocional ni riesgo. No me interesan tus nuevos palos de golf. La vida es corta: hay que profundizar o mejor vámonos a casa, digo yo.

¿Soy un bicho raro por pensar así? La ciencia dice que no.

Un estudio de 2010 de la revista Psychological Science encontró que, mientras más grande es el porcentaje de una conversación que se le dedica a la charla superficial, menor es el bienestar de los participantes; en cambio, mientras que una más alta proporción de temas sustantivos, produce mayor es su bienestar.

Así que adelante: invítanos a cenar y pregúntanos por nuestro matrimonio. La señora Brooks y yo estaremos encantados de quedarnos hasta después de medianoche.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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