M+.- Una cualidad especial distingue a algunas personas de los demás. Son magnéticas para estar cerca, atractivas a la vista e hipnóticas al escucharlas. En pocas palabras: poseen carisma. Parece una gracia divina, de hecho, la palabra deriva del griego antiguo χάρισμα, que significa “don de Dios”. El término apareció en traducciones griegas de la Biblia hebrea del siglo III a. C., y los primeros cristianos se referían a los carismas como bendiciones otorgadas a los creyentes, tales como la profecía, la sanación y el don de lenguas.
Nuestro uso moderno del término carisma proviene del sociólogo de principios del siglo XX, Max Weber, quien lo definió como “cierta cualidad de la personalidad individual, en virtud de la cual se distingue de los hombres comunes y se le considera dotado de poderes o cualidades sobrenaturales, sobrehumanas o, al menos, excepcionales”. Y en la actualidad, el concepto de carisma está de moda, expresado en el término coloquial rizz, que, en el lenguaje de la Generación Z, describe la capacidad de conquistar a una pareja con carisma. Implica un poder notable para impresionar a los demás con labia, confianza o estilo; una habilidad que probablemente todos desearíamos tener, más allá del ámbito del romance.
¿Tienes carisma? ¿Tu vida mejoraría si tuvieras más? ¿O es, como la fama, una bendición que oculta una maldición? La idea de ser más carismático sin duda resulta atractiva, pero esto es lo que la ciencia puede decirte sobre si este elusivo rizz es un don divino o un falso amigo.
Varios psicólogos han buscado los ingredientes aparentemente mágicos del carisma. Uno de los estudios más citados sobre el tema, publicado en el Journal of Personality and Social Psychology en 2018, sostiene que el carisma es en realidad una combinación de dos rasgos: influencia (la capacidad de guiar a otros con confianza y competencia) y afabilidad (la capacidad de hacer que los demás se sientan cómodos y a gusto). La influencia se juzga en función de cualidades como la presencia, el magnetismo y la capacidad de liderazgo. La afabilidad se manifiesta, entre otros rasgos, en la frecuencia de las sonrisas, la accesibilidad y la proyección de energía positiva.
Los líderes utilizan su carisma para influir en los demás de maneras muy específicas. Analizando discursos de personas carismáticas, un modelo útil muestra un uso distintivo de la emoción en tres etapas. Primero, los oradores modelan y amplifican el estado de ánimo predominante entre su audiencia (“¡Estamos enojados porque esa gente de allá es mala!”). Luego introducen una emoción disonante que confunde a la gente (“¿Pero saben qué? En realidad no me importa”). Por último, utilizan esa confusión para redefinir el entorno emocional y convencer a la audiencia de su punto de vista (“¡Porque deberíamos estar felices de ser mejores personas que ellos!”).
No te sorprenderá saber que el carisma y el éxito profesional están estrechamente relacionados. Investigadores que siguen la trayectoria profesional de las personas encuentran que el carisma en la juventud predice mayores ingresos 15 años después, así como el nivel gerencial que alcanza una persona y el número de subordinados que tiene. Sin embargo, esta relación parece ser curvilínea. En 2018, un estudio de académicos demostró que las personas con una personalidad más carismática son consideradas líderes más eficaces, pero solamente hasta el percentil 60. Más allá de ese punto, la eficacia percibida del liderazgo asociada al carisma comienza a disminuir. Los autores de ese estudio creían que esto es a causa de que los líderes extremadamente carismáticos suelen ser muy buenos transmitiendo una visión, pero débiles en su implementación.
Otra posible razón por la que un alto nivel de carisma puede disminuir la percepción de la eficacia de un líder es su posible conexión con el narcisismo. Un alto nivel de carisma se asocia específicamente con personas a las que los psicólogos denominan “narcisistas agénticos”; estas personas son extremadamente seguras de sí mismas (mientras que los “narcisistas antagonistas” son mezquinos y agresivos, y no se perciben como carismáticos en absoluto). Probablemente conozcas a personas cuyas cualidades magnéticas las convierten en líderes eficaces hasta cierto punto, pero que terminan por resultar desagradables y generar sospechas.
En resumen, el carisma podría ser una cualidad que quisieras aumentar, dentro de límites razonables. Por supuesto, si las personas simplemente nacen con ese don, este es un punto discutible. Sin duda, cierto grado de encanto es innato. Sabemos, por ejemplo, que las personas atractivas se perciben como más carismáticas que las poco atractivas; lo mismo ocurre con las personas más inteligentes. Esta cualidad también está fuertemente correlacionada con los rasgos de personalidad, que son hereditarios en 40 a 60 por ciento. En este sentido, los extrovertidos tienen ventaja, ya que suelen tener un alto nivel de influencia y afabilidad, mientras que los introvertidos obtienen calificaciones bajas en ambos aspectos.
Sin embargo, existe amplia evidencia de que el carisma se puede cultivar. El año pasado, tres investigadores israelíes crearon un dispositivo de realidad virtual llamado “Charismulator” para ayudar a las personas a desarrollar un estilo de comunicación más atractivo, tanto verbal como no verbal. Los participantes que entrenaron solamente durante unos minutos con el dispositivo fueron evaluados por otros con un 17 por ciento más de “carisma general” que antes de la intervención.
El entrenamiento en comunicación no verbal expuso a los participantes a gestos corporales enfáticos que transmitían un mensaje, expresiones faciales cálidas e inflexiones de voz potentes, todos ellos característicos de oradores carismáticos. Puedes recrear fácilmente esta información leyendo las palabras de oradores famosos (como Abraham Lincoln y Martin Luther King Jr.) y viendo videos de grandes oradores en videos online. Descubrí mi propia versión de este método de intervención del Carismulator al principio de mi carrera como orador, escuchando grabaciones de grandes comunicadores. Tomé notas exhaustivas de los oradores que admiraba y acepté todas las invitaciones para hablar con el fin de practicar lo que aprendía. (¿El bar mitzvá de tu sobrino en febrero en Fairbanks, Alaska? ¡Allí estaré!).
Cualquiera puede mejorar su presencia siendo consciente de estos gestos físicos, pero se necesita práctica para lograr tener un carisma aprendido. Los primeros comentarios que recibí sobre mis presentaciones no incluían la frase “carisma increíble”. Las primeras observaciones eran más bien del tipo “camina como un animal enjaulado” y “una cantidad aterradora de contacto visual”. Con el tiempo, afortunadamente, mejoré.
Una pregunta que todavía no respondo, y dado el propósito de esta columna, es posible que pienses que fue un extraño descuido: ¿Poseer magentismo te hace más feliz? No he encontrado evidencia que aborde este tema directamente. Si bien podrías suponer que el carisma trae felicidad, una línea de investigación me genera dudas. Una capacidad humana que lo predice fuertemente, pero que definitivamente no se correlaciona con una mayor felicidad, es la autoconciencia, es decir, pensar frecuentemente en uno mismo. Las personas carismáticas piensan mucho en sí mismas, y esa característica, como ya he comentado, suele traer infelicidad.
En lo que respecta a la felicidad, es muy importante aceptarse como eres, en lugar de preocuparse constantemente por la impresión que se causa en los demás. Así que sí: probablemente puedas obtener más “rizz”, pero tal vez prefieras evitarla y tener más tranquilidad.