Que yo escribiera otro artículo más sobre los nuevos libros de texto en México sería redundante, porque al igual que con el Tren Maya, la Refinería de Dos Bocas o el AIFA, hay ya incontables y brillantes análisis a los que poco podría aportar. Algo, sin embargo, sí llama mi atención sobre estas acciones y no es la singularidad de cada proyecto, sino la absoluta desconexión entre ellos y de ellos con algo más. Lo único que los une es que no están pensados en función de nada, más que de sí mismos.
La planeación estratégica es la proyección organizada de recursos y procesos para alcanzar objetivos específicos. Cuando aplicamos el concepto al desarrollo de un país, nos deberíamos entonces referir a un proceso bien razonado, alineado y estructurado de acciones y programas que lleven a la nación hacia un destino definido, que propicie mejoras económicas, sociales y culturales para la gente.
Imaginemos la naturaleza: un ecosistema sólo florece cuando todos sus componentes interactúan en armonía, pues el objetivo es el equilibrio. En una empresa exitosa, el orden de lanzamiento de sus productos y las actividades de cada departamento se planean en función de su contribución a las utilidades, porque el objetivo es la rentabilidad. Podría seguir dando ejemplos, pero en síntesis la buena planeación natural o humana se trata de lograr que la suma colectiva de esfuerzos avance coordinadamente en una dirección, para que potencie y amplifique los resultados, en vez de desvanecerse en la singularidad de cada actividad.
El trágico y triste denominador de casi todas las decisiones tomadas por los gobiernos latinoamericanos de todos los colores suele ser la fragmentación, porque culturalmente se nos dificulta planear y más planear estratégicamente. Las acciones de nuestros gobiernos, incluso cuando son bien intencionadas, operan en silos, sin un enfoque integrado. Esta falta de visión sistémica limita los impactos positivos a regiones o sectores económicos específicos y cancela la virtuosa posibilidad de cualquier efecto multiplicador.
Que 183 millones de libros de texto estén llenos de errores es grave, pero más lo es que carezcan de conexión a un plan de desarrollo educativo. También tenemos la obra ferroviaria más grande del mundo, pero desconectada de un plan ferroviario nacional. Una refinería de 14 mil millones de dólares y un aeropuerto de 3 mil 700, ambos desvinculados no sólo de planes generales de desarrollo, sino del mundo, porque la primera abona a una estrategia energética arcaica y el segundo ni permisos internacionales de vuelo puede obtener.
En toda organización pública o privada, lo específico es enemigo de lo general, lo cual es bueno a la hora de ejecutar pero nunca a la hora de planear. Y ahí mora nuestro eterno subdesarrollo. Es la crítica operacional de tu Sala de Consejo semanal.