Ideología y lenguaje han sido desde tiempos sin memoria una pareja indisoluble. Un ejemplo personal lo ilustra perfectamente un gran amigo mío, amante de la izquierda latinoamericana, que recientemente visitó Cuba. Al preguntarle su opinión sobre el país, su respuesta fue: "sé que hay retos, pero el país es muy bonito". Para él, la oprobiosa pobreza que ha generado el régimen socialista de esa isla son "retos". Él mismo, días antes, al referirse en redes sociales a la guerra entre Israel y Gaza, publicó abiertamente que "los asesinos judíos invaden a niños indefensos": el ejército israelí para él es de "asesinos judíos" y la población de la Franja de Gaza está compuesta solamente por "niños indefensos".
El lenguaje es la herramienta más poderosa para la transmisión de ideas y emociones humanas. Su belleza y complejidad nos permite expresar desde los conceptos más abstractos hasta las emociones más íntimas. Sin embargo, esta herramienta poderosa puede también ser usada para moldear percepciones y, en última instancia, para manipular. Es una dualidad fascinante: la palabra es a un tiempo vehículo de verdad e instrumento de falsedad.
La manipulación del lenguaje con fines ideológicos no es exclusiva de alguna corriente política. Tanto conservadores de derecha como liberales de izquierda lo han utilizado para modelar la realidad a su conveniencia. El populismo, en todas sus manifestaciones, es quizá la corriente que ha llevado esta práctica a su máxima expresión. El populista utiliza un lenguaje emocionalmente cargado para conectar con sus seguidores, creando un universo alternativo donde sólo él puede ser el salvador, porque los problemas de ese mundo singular están planteados a través de palabras bien elegidas que, en conjunto, siempre refieren las soluciones a aquellas que ya ha ofrecido él. Con expresiones que tocan directamente las emociones, incluyendo abundantes eufemismos, exageraciones y simplificaciones caricaturizantes, el populista distorsiona la verdad y remueve a través de ello cualquier grado de racionalidad y análisis crítico, con el objetivo de construir el imaginario colectivo que le acomoda, así carezca de cualquier objetividad.
En este punto, vuelvo y pienso en mi querido amigo izquierdoso y no puedo evitar esbozar una sonrisa compasivamente irónica. Me pregunto si en su próxima visita a un país con un régimen de derecha conservadora describirá con la misma parsimonia los problemas sociales como "oportunidades de mejora" o si se referirá a los manifestantes violentos como "ciudadanos preocupados y empeñados en cambiar su realidad", en vez de verlos como destructores de bienes ajenos, volcando su ira patológica no tratada en contra de objetos inanimados. Lo dudo. Y aquí dejo el análisis verbal de tu Sala de Consejo Semanal.