Con suspenso nos preparamos para ver la más reciente película del realizador coreano Park Chan-wook cuyas obras anteriores nos han causado fuertes impactos, sorpresas, admiración y, a menudo también, emociones encontradas. Con “La única opción” (“No Other Choice”) el director nos sorprende de nuevo y también despierta la curiosidad de conocer más a fondo la sociedad y cultura coreana actual. Al narrar el caso trágico de un hombre de clase media que pierde su empleo y se ve atrapado en el mundo laboral degradante del capitalismo, el filme parece pertenecer a la lista de obras fílmicas que, de manera recurrente, muestran a hombres desesperados al perder el empleo. Un ejemplo clásico es, sin duda, “El último de los hombres” (“Der letzte Mann”) de F.W. Murnau de 1924. Pero no, en “La única opción” el conflicto no se siente anticuado sino terriblemente actual, al igual que la reacción del protagonista que, como víctima, decide vencer su situación de perdedor a través de una estrategia agresiva y “cueste lo que cueste”.
La primera secuencia de “La única opción” es maravillosamente ambivalente: En el jardín de su amplia casa el padre de familia Man-soo (Lee Byung-hun) está asando una anguila que le regaló su jefe, mientras su esposa Mi-ri (Son Ye-Jin) y su hijo terminan de poner la mesa. Un par de zapatillas como regalo para Mi-ri, la pequeña hija cellista y unos pasos de baile completan la felicidad de Man-soo quien abraza a su familia, les confiesa que tiene lo que desea y mira al cielo acompañado de música de Mozart. La escena de felicidad es ambivalente ya que sabemos que tanta felicidad al inicio no puede durar. Un relato fílmico más que felicidad suele mostrar un conflicto y desarrollarlo a lo largo del relato. La manera cómo Park Chan-wook acentúa la felicidad hogareña de un empleado, esposo y padre de familia de clase media para anticipar una trama de crecientes pérdidas materiales, familiares, existenciales y morales, es simplemente magistral.
La cadena de problemas empieza con la revelación de que el regalo de la anguila por parte de su jefe de la fábrica de papel, fue para endulzarle la noticia del despido. Como consecuencia de la venta de la fábrica a un consorcio estadounidense se reduce la planta laboral y a pesar de su puesto de mando, Man-soo se encuentra entre los despedidos. El golpe que recibe es tremendo y provoca el comentario de que, lo que los americanos llaman “to be fired” en Corea significa “cortar la cabeza”. Man-soo y su familia deciden limitar los gastos a lo necesario y el hombre se pone plazos para conseguir un trabajo “de nivel”. Pero el tiempo avanza y con él la desesperación del hombre que decide tomar el destino en sus manos. La decisión que toma es absurda pero humillarse y perder el estatus social sería peor.
Las acciones a las que Man-soo se aventura hacen escalar la sátira y el humor negro con el que se muestra la creciente degradación moral del protagonista. Park Chan–woo no le da tregua. El espectador, por su lado, sufre con él al mismo tiempo que reconoce el absurdo de su lucha sangrienta. Park Chan –woo lleva la exageración a un nivel que obliga a reconocer que Man-soo representa a la clase media de un sistema capitalista que obliga a formular la pregunta por la identidad del ser humano. ¿Somos lo que trabajamos? El desenlace del filme muestra cómo las máquinas destruyen los árboles de un bosque: ¿Para producir el papel de la fábrica de Man-soo? ¿El humano seguirá necesitando papel? ¿El mundo del futuro seguirá necesitando al humano?