En próximos días, caminar por el Centro Histórico no se tratará solo de recorrer calles con siglos de historia, sino de atestiguar cómo la capital se prepara para asumir su rol como Capital Americana de la Cultura 2026.
Más allá de la cantera y el ladrillo, lo que le da color a la Angelópolis es una agenda que desborda las bibliotecas y toma las plazas. Estamos ante una de las primaveras culturales más floridas de los últimos años, donde las instituciones parecen haber entendido que la cultura no es un adorno, sino el eje de identidad que abona a la abona a la paz y, por ende, a la reconstrucción del tejido social.
El banderazo de salida lo da la BUAP con la edición 39 de la FENALI. Al tomar el Edificio Carolino con más de 40 actividades en su primer día —encabezadas por la rectora Lilia Cedillo—, la feria demuestra que el papel y la tinta siguen resistiendo y que la universidad pública es, hoy por hoy, el principal pulmón intelectual del estado.
Pero la palabra no solo se lee, también se siente y por ello, en el marco de su Día Mundial, recibimos el Primer Festival Internacional de Poesía, que acertadamente teje redes internacionales con Colombia y Perú para demostrar que la lírica no ha muerto, sino que se ha transformado. Ver poetas de Estados Unidos y España recorriendo sedes como San Roque o el Carolino nos recuerda que la ciudad tiene una marcada vocación para ser el escenario donde la métrica y la rima hacen eco con la arquitectura.
Finalmente, destaca el impulso al talento local desde el IMACP, que a través de diversos estímulos a la innovación busca que el arte no se quede atrapado en el primer cuadro, sino que llegue a las comunidades alejadas. Es ahí, en el apoyo al artista o colectivo de barrio donde se construye la verdadera capitalidad cultural. Es ahí donde se debe trabajar con mayor ahínco para formar públicos.
Según lo veo, queda en nosotros, los ciudadanos, dejarnos atrapar por esta oferta cultural que, por fin, parece estar a la altura de nuestros casi 500 años de historia.