El pasado 21 de mayo en Bra, ciudad italiana mundialmente famosa por ser la cuna del movimiento Slow Food, falleció Carlo Petrini a los 76 años; más allá de ser un visionario e intelectual, este hombre–que sabía mirar a los ojos y sorprenderse de todo con curiosidad infantil– fue un líder profundamente comprometido con la naturaleza, las relaciones humanas y sobre todo, el bien común.
La impronta de su mensaje quedó grabada en San Andrés Calpan, a los pies de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, justo después de su visita en 2013, cuando confrontó nuestra paradoja: no entendía cómo presumíamos el chile en nogada mientras dejábamos morir sus ingredientes.
Hay que recordar que entre 2010 y 2012, falsos expertos indujeron a los campesinos a talar huertos de pera lechera, manzana panochera y durazno criollo, bajo la mentira de que la fruta estadunidense era el futuro y el suelo local sólo servía para tejocote; así, sin más, aquellas joyas de la tierra se volvieron leña por la voracidad del mercado.
Irónicamente, aquel fuereño, de sencillez entrañable, vino a enseñarnos a valorar lo propio. Al escuchar a guardianas como Hilda Cruz, hoy en pie de lucha por el pago justo a los productores, recordamos la bofetada de Petrini: “Lo que tienen vale y debe ser cuidado”.
Es increíble que necesitáramos una mirada extranjera para salvar el chile poblano autóctono de la estandarización que vacía los campos y enriquece a intermediarios, es inverosímil, que no haya sido un político local, un académico o un líder del sector restaurantero.
La muerte del fundador del movimiento Slow Food debe sacudirnos. Cuidar el campo no es nostalgia, sino urgencia climática. Reducir la huella ecológica implica consumir local y pagar con dignidad a los agricultores.
Según lo veo, no debemos ser cómplices de un sistema que prefiere fruta plástica o chiles chinos –ver para creer– sobre el sudor de nuestra gente.
Petrini decía que quien siembra utopías cosecha realidades; nos dejó la tarea de emprender una cruzada por la defensa de nuestra propia casa.
Hagamos que ese legado florezca en la mesa, que la quintaesencia del chile en nogada perviva en los árboles frutales, guardando nuestra herencia.