Recibo con profundo dolor la noticia de tu muerte, porque hace poco, muy poco, estábamos juntos y me contaste muchas cosas muy hermosas de lo que iba a ser tu nuevo programa de televisión.
Sí, yo sé que eras un hombre mayor y que estabas enfermo, ¿pero te digo la verdad? No se te notaba. Ya quisieran muchos jóvenes haber tenido la quinta parte de tu lucidez y de tu entusiasmo aquella tarde en que nos vimos por última vez.
Siempre fuiste muy dulce conmigo y para mí era un honor conocerte, escucharte, que me permitieras compartir tus sueños.
Y es que no solo estamos hablando de un gran ser humano ni de una figura fundamental de la historia del espectáculo.
Fuiste un hombre valiente, revolucionario, un señor al que no le importaba meterse en cualquier cantidad de problemas para decir lo que pensaba.
Por eso Andrés Manuel López Obrador te recibió en Palacio Nacional. Por eso fueron varios los presidentes que te recibieron y varios los que pidieron tu cabeza.
Y tú, ni te inmutaste. Siempre encontrabas la manera de reinventarte, de contar historias, de dar oportunidades.
Son muchas las figuras que te deben su carrera y son muchas las anécdotas que llenan de gloria tu nombre.
Fuiste un actor excepcional, un talento capaz de crear los personajes más ricos, más diversos y opuestos lo mismo en comedia que en melodrama y pieza.
Navegaste del teatro más intelectual al más popular, al más ligero. ¿Y qué me dices del cine, de las telenovelas y de los programas cómicos?
Sin ti, no podríamos entender mucho del mejor humorismo y mucha de la mejor comedia política del último cuarto del siglo XX.
Sin ti, Televisa, tan atacada por complaciente, no se podría parar el cuello por haber tenido conceptos que se atrevieron a cuestionar al sistema como ¿Qué nos pasa?.
Sin ti, TV Azteca no hubiera podido arrancar como arrancó gracias al dinero que le entró por La cosa. Sin ti, jamás hubieran nacido propuestas que también se merecen todo nuestro respeto como Puro loco.
¿Sí te das cuenta? Te hicieron fama de conflictivo por honesto, por congruente, por haber tenido los pantalones para defender tus ideales, tu trabajo y tu altísimo control de calidad en una época en la que todos se cuadraban ante el poder, en una época en la que no teníamos la libertad que tenemos ahora.
Hoy es muy fácil para cualquier estrella ir y venir de una televisora a otra, de un país a otro. En tu juventud, no. Sólo había de una sopa y a pesar de eso, jamás te agachaste, jamás te sometiste.
¿Ahora entiendes por qué tantísimas figuras aceptaban colaborar contigo a la primera llamada? Era un privilegio. Era la posibilidad de tocar la gloria, de hacer historia, de hacer magia con un grande entre los grandes.
¡Ay, Héctor! Yo siempre creí en ti, te admiré mucho y me conmovía profundamente cada vez que te referías a mí llamándome Alvarito.
No puedo creer que ya no te vaya a volver a ver. No puedo creer que ya no te vaya a volver a abrazar, a escuchar. Esto me duele tanto que lo único que puedo hacer es decirte: ¡gracias!
Perdóname si te digo que te quiero, pero sí, te quiero. Y te despido entre lágrimas y aplausos.
¡Hasta siempre, Héctor Suárez! ¡Hasta siempre! Con amor, Álvaro Cueva.
alvaro.cueva@milenio.com