Cultura

Contemporáneos crepusculares

Guillermo Sheridan ha escrito en el prólogo de la

Antología de la poesía

mexicana moderna, publicada por Jorge Cuesta en 1928 y reeditada por la colección Lecturas mexicanas (1985), que sobre los cráteres que las bombas arrojadas por los Contemporáneos dejaron, se iban a levantar algunos edificios perdurables de la actualidad, entre ellos ese volumen que alguna vez soñó y anticipó, sin mover un dedo para hacerlo realidad, Alfonso Reyes.

Paternidad y surcos generacionales aparte, en esta obra alumbra una constante acechante entre verso y verso, entre rimas y endecasílabos, entre provocación y canto: el crepúsculo, como figura de la declinación del sol, alusivo al ocaso más que al amanecer, resbalando de tanto en tanto por estas páginas de música del siglo XX. Dusk to dawn.

Manuel José Othón abre esta antología, como imaginaba Reyes, y en “Idilio salvaje” escribe: “¿Por qué a mi helada soledad viniste / cubierta con el último celaje / de un crepúsculo gris… Mira el paisaje / árido y triste, inmensamente triste”. Y más adelante en el mismo poema: “Vibran en el crepúsculo tus ojos, / un dardo negro de pasión y enojos / que en mi carne y mi espíritu se clava; / y, destacada contra el sol muriente / como un airón, flotando inmensamente, tu bruna cabellera de india brava”. La figura continúa: “En un cielo de plomo, el sol ya muerto; / y en nuestros desgarrados corazones / ¡el desierto, el desierto… y el desierto!”.

Luis G. Urbina, que publicó en París un libro titulado Puestas de sol en 1910, escribe en “Primer intermedio romántico”: “Es diáfano el crepúsculo. Parece / de joyante cristal. Abre en el cielo / su ágata luminosa; y es un velo / en que el azul de lago desfallece”. Y en el segundo cuarteto: “En ámbares cloróticos decrece / la luz del sol; y ya en el terciopelo / de la penumbra, como flor de hielo / una pálida estrella se estremece”.

En “Viejo estribillo”, poema de su primera época incluido en el volumen El éxodo y las flores del camino, Amado Nervo canta así: “¿Di, quién eres, arcángel cuyas alas se abrasan / en el fuego divino de la tarde y que subes / por la gloria del éter? / —Son las nubes que pasan, / mira bien, son las nubes…”. El ocaso también motiva a Enrique González Martínez, quien en su “Parábola del vino añejo” así lo evoca: “Ya lejos de las turbas, en la quieta / hora crepuscular, dijo el poeta: / El verso es como el vino: siempre aguarda / la eficacia del tiempo que depura / su alta virtud… ¡Dichoso quien apura / vino en sazón, y noble quien lo guarda!”.

En “Estancias”, Ricardo Arenales, ese colombiano tan mexicano como González Martínez y Ramón López Velarde, canta: “La tarde está muriendo, y el marino / soplo rasga sus velos y sus tules, / franjados por el ámbar ponentino… / ¡Cuántas no brillarán, aún más azules!”. El propio López Velarde también ha visto algo en los ocasos y lo comparte: “Mi corazón, leal, se amerita en la sombra. / Es la mitra y la válvula… Yo me lo arrancaría / para llevarlo en triunfo a conocer el día, / la estola de violetas en los hombros del Alba, / el cíngulo morado de los atardeceres, / los astros, y el perímetro jovial de las mujeres”.

En cuanto a Carlos Pellicer, acaso sea más el gusto del fusilero que la literalidad o la figura poética, pero parece asomar un crepúsculo en estos versos sobre Río de Janeiro: “Las grandes rocas están de oro, / las montañas en verde y morado. / El agua se mueve en semitono. / La ciudad es un libro deshojado. / El aire está en soprano ligero. / La escuadra va a salir a pescar. / Un looping the loop hace pedazos el regreso / y hace estallar la ciudad”.

Es más directo en “Deseos”: “Todo lo que yo toque / se llenará de sol. / En las tardes sutiles de otras tierras / pasaré con mis ruidos de vidrio tornasol”. Y es deslumbrante en uno de sus estudios: “El sol madura entre los cuernos / del venado. / La serpiente / se suma veinte veces. / La tarde es un amanecer nuevo y más largo. / En una barca de caoba, / desnudo y negro, / baja por el río Quetzalcóatl”.

El fusilero cierra esta selección con dos fragmentos. En “Los cuatro mares”, escribe Enrique González Rojo: “La marcha heroica de la tarde / los sones del mar armonizan; / mas la batuta del sol desaparece…”. Y José Gorostiza en uno de sus nocturnos: “El silencio por nadie se quebranta, / y nadie lo deplora. / Solo se canta / a la puesta del sol, desde la aurora”.

Así cantaban los Contemporáneos crepusculares.

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Alfredo Campos Villeda
  • Alfredo Campos Villeda
  • Director de @Milenio Diario. Autor de #Fusilerías y de los libros #SeptiembreLetal y #VariantesdelCrepúsculo. Lector en cuatro lenguas. / Escribe todos los viernes su columna Fusilerías
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