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La Economía K

Una economía en forma de K describe una recuperación desigual después de una recesión, carcaterizada porque distintos segmentos de la sociedad o sectores económicos experimentan trayectorias opuestas. Mientras una parte de la población, empresas o regiones se recupera rápidamente o incluso prospera, otra parte sigue estancada o se deteriora. Esta divergencia genera una figura con dos líneas que se separan: una que sube y otra que baja, formando una “K”. El concepto se ha vuelto relevante para describir patrones recientes en Estados Unidos, donde los mercados financieros han repuntado con fuerza, pero no todos los hogares han participado de esa bonanza.

Desde la pandemia, la economía estadunidense ha mostrado señales contradictorias. Por un lado, los índices bursátiles como el S&P 500 y el Nasdaq han alcanzado máximos históricos, impulsados por la tecnología, la digitalización y las políticas monetarias expansivas que inyectaron liquidez al sistema. Las familias de mayores ingresos, con portafolios diversificados y exposición a activos financieros, han visto un incremento importante en su riqueza. De hecho, según datos de la Reserva Federal, el 10 por ciento más rico de los hogares controla cerca del 89 por ciento del valor total de las acciones en manos del sector doméstico. Por otro lado, una gran parte de la población (particularmente en los percentiles más bajos) no cuenta con inversiones en mercados financieros y depende de sus ingresos laborales. Este grupo enfrenta mayores presiones por la inflación, acceso limitado a crédito y pocas oportunidades de incrementar su patrimonio. La brecha entre quienes poseen capital financiero y quienes viven del ingreso corriente se ha ampliado de forma notable.

Las consecuencias de esta configuración son múltiples. En el plano económico, una economía en forma de K puede generar patrones de consumo divergentes, con los hogares más ricos manteniendo o incrementando su gasto, mientras que los más pobres recortan el suyo. Esto distorsiona señales para la política económica y puede debilitar la efectividad de medidas expansivas. En el plano social, la sensación de que “la economía mejora, pero solo para algunos” alimenta tensiones políticas, erosiona la cohesión social y genera desconfianza en las instituciones. A largo plazo, estas divergencias reducen la movilidad social, minan la estabilidad y pueden frenar el crecimiento potencial de la economía.

Este patrón no se limita a diferencias dentro de un país. A nivel internacional, podríamos empezar a ver una economía en forma de K entre países. Las recientes inversiones en inteligencia artificial, automatización y tecnologías avanzadas están siendo lideradas por economías desarrolladas, particularmente Estados Unidos. El acceso al capital, la infraestructura digital, el talento especializado y la capacidad de escalar innovación en estas economías les permite capturar de forma acelerada los beneficios de la revolución tecnológica. En contraste, muchos países emergentes enfrentan barreras estructurales: baja inversión en investigación, sistemas educativos rezagados, falta de financiamiento y marcos regulatorios inadecuados. Esto podría ampliar la brecha de productividad, ingreso per cápita y competitividad global. La inteligencia artificial, si bien promete mejoras en eficiencia, también podría desplazar empleos de baja calificación, presionando aún más a economías que no logren adaptarse.

México se encuentra ante una encrucijada. Por un lado, tiene una oportunidad histórica gracias a la relocalización de cadenas de suministro y su cercanía con Estados Unidos, pero para no quedar atrapado en el brazo descendente de la K global, necesita invertir decididamente en infraestructura digital, educación técnica, formación en habilidades del siglo XXI y fomento a la innovación. Además, requiere instituciones sólidas que den certidumbre a la inversión, promuevan la competencia y faciliten el acceso al financiamiento. La ventana de oportunidad está abierta, pero no lo estará indefinidamente.

Para la gestión de portafolios, este entorno plantea desafíos relevantes. La divergencia entre ganadores y perdedores exige una lectura más matizada del riesgo. Es probable que los retornos sigan concentrándose en sectores y geografías con alta exposición a tecnología y capital intelectual. Sin embargo, esa concentración también implica vulnerabilidad ante cambios regulatorios, disrupciones geopolíticas o burbujas especulativas. La diversificación debe considerar no solo clases de activos, sino también su exposición a los vectores de crecimiento del futuro. Al mismo tiempo, es crucial incorporar estrategias que permitan proteger el poder adquisitivo en escenarios donde amplias capas de la población enfrenten estancamiento o inflación persistente. La economía en forma de K es, ante todo, un recordatorio de que las cifras agregadas pueden ocultar realidades profundamente dispares. Y es deber del inversionista institucional navegar ese mundo con una mirada integral, balanceando retornos con responsabilidad.


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Alfonso Jarquín
  • Alfonso Jarquín
  • Director de Inversiones en Valmex
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