No cabe duda que somos una aldea, creyendo que aquí nos conocemos, que no pasa nada y que estamos a salvo.
La madrugada del 14 de febrero en la Sala de Despecho no fue solamente una tragedia más para la estadística del país. Fue un recordatorio de que la violencia ya no pide permiso, no distingue códigos postales y menos niveles socioeconómicos. Simplemente llega.
Hemos estado ahí. Nos arreglamos, quedamos de vernos, salimos. Nos abrazamos, hay risas, música que nos regresa a tiempos mejores. Decidimos qué comer, qué tomar y cuanto brindar; cantar lo que nunca cantamos, alejarnos de la rutina. Hemos creído que los episodios de violencia pasan en otros lados, pero México ya cambió.
Durante años vimos fronteras invisibles, pero la geografía del miedo se expandió hasta cubrirlo todo.
Sí, Puebla no es Sinaloa, pero la distancia ya no es garantía. La violencia se filtró como humedad.
Es al mismo tiempo la herencia de gobiernos fallidos del PRI, del PAN y ahora de Morena, especialmente en el sexenio en el que se optó por el “abrazos, no balazos”.
Las víctimas de aquella madrugada murieron en ese espacio universal donde cualquiera de nosotros ha celebrado, olvidado algo o simplemente vivido. Murieron en la normalidad y eso es lo verdaderamente inquietante.
Cada nombre truncado es mucho más que un expediente o un titular. Son padres que no volverán a dormir igual. Amigos que releerán conversaciones. Planes que ya no tendrán fecha. Pero en la prisa informativa, a veces olvidamos el matiz esencial de que no son tres muertos, sino tres mundos interrumpidos.
Y ahí aparece otra tragedia, menos visible pero igual de corrosiva que es la deshumanización. Nos acostumbramos, opinamos (a veces sugiriendo estupideces) y seguimos.
Hoy convivimos dos tipos de ciudadanos. Por un lado, quienes ya cargan una ausencia irreparable y quienes vivimos con el temor de integrarnos, en cualquier momento, al primer grupo.
Pero encerrarnos no es opción y vivir con miedo tampoco debería serlo, porque entonces la violencia ya no solo arrebata vidas; también secuestra la forma de vivirlas.
En tiempos oscuros, las aldeas sobreviven cerrando filas. Exigiendo, vigilando, confiando, pero no ciegamente. La esperanza no puede ser ingenua ni automática, sino que debe ser construida, todos los días, con instituciones que funcionen y autoridades que entiendan lo que está en juego.