Política

Dos tragedias, una misma herida

Los poblanos hemos enfrentado dos sucesos que quedarán marcados en nuestra memoria.

La ciudad que suele mirarse a sí misma con la tranquilidad de lo cotidiano, fue sacudida en dos tragedias distintas. Dos golpes emocionales dirigidos, a dos generaciones que hoy compartimos la misma sensación de vulnerabilidad.

Primero, la historia de dos padres jóvenes.

Alexandro y Karina vieron a sus hijos por última vez el jueves por la mañana. Como cada día, se despidieron de ellos con la promesa de verse por la tarde. Salieron como salimos miles cada mañana. Con prisa, con pendientes y con planes.

El reencuentro con sus hijos nunca ocurrió porque al principio pareció que la tierra se los había tragado y después se supo de la tragedia al encontrar sus cuerpos sin vida.

La escena resultó devastadora no solo por el crimen, sino por lo que simboliza. Porque cualquier padre de familia pudo verse reflejado. Porque cualquiera pudo imaginar esa mañana en casa, esa última conversación, ese “nos vemos en la tarde”.

Así vino aquella tragedia en la que muchos que somos padres de familia, con hijos en edad escolar y que le echamos ganas por salir adelante, nos vimos identificados.

Pero una semana antes, otra historia había perforado el ánimo colectivo. Esta vez, la fibra de quienes ya cruzaron décadas de esfuerzo. Padres que ya vieron a sus hijos crecer, graduarse, convertirse en profesionistas. Familias que creían haber superado las tormentas más duras.

Bastó una noche y cuatro gatilleros motorizados para desmoronar certezas construidas durante toda una vida.

En una semana se tocaron fibras muy sensibles de una sociedad que cree en la familia como el centro de todo.

Y es que la violencia ya no distingue edades, proyectos ni etapas de vida.

Pero cuando la sociedad poblana aún no terminaba de procesar estos golpes, llegó otro, porque el desasosiego no se limita a lo local.

La detención de un criminal como Nemesio Oseguera, alias El Mencho, puso al país en un estado de incertidumbre.

Y surgen otra vez las mismas interrogantes.

¿Qué país le estamos dejando a nuestros hijos?

¿Vale la pena ser más los buenos?

¿Qué garantías tenemos dejar a nuestros hijos en la escuela y que podamos volver a verlos más tarde?

¿Qué seguridad hay para que puedan nuestros hijos salir a divertirse sin que terminen envueltos en balas?

¿En qué momento, esto se descompuso tanto y salió de control?


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Alberto Rueda
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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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