Lo he comentado en varias ocasiones. No busco libros, los libros me encuentran. Entro en la librería sin ninguna pretensión, me dejó llevar. Tomo un par de ejemplares y alguno, no sé por qué, me llama la atención.
Leo los libros que nadie más leería. Es decir, los que no están de moda, sobre los que no se hacen reseñas, aquellos que seguramente morirán de olvido en una tienda de antigüedades hasta que la misma tienda sea una antigüedad en sí misma.
Claro que en este caminar también me puedo topar con ganadores de premios, pero esa no es una condicionante para leerlos ni para no leerlos.
Lo que intento con este ejercicio que pudiera ser considerado como metafísico o esotérico es algo más sencillo: quiero que la vida me siga sorprendiendo. No guardo pretensiones ni sé a dónde me va a llevar mi siguiente lectura lo único que quiero es que me muestre la vida que de otra forma no viviría.
Es la misma manera en la que en psicoanálisis me ha enseñado a recibir a los pacientes. No espero nada de ellos, no hay juicios previos, no estoy cazando estructuras clínicas, ni mucho menos en dónde escarbar para descubrir el pasado o cómo atrapar significantes.
Sencillamente dejo que me sorprenden. También son libros de los que nada sé y de los que nadie ha hablado y quizá nunca hablen, o tal vez sí, pero eso no es lo importante
A sabiendas de esto, fuera del espacio clínico netamente dicho, en la extensión del psicoanálisis como algunos pomposamente le quieren llamar, no puedo evitar dejar de pensar que muchas de causas por las cuales se invita a las personas a que busquen ayuda psicológica en realidad no tiene nada que ver con la clínica.
De hecho, en algunas ocasiones me he descubierto pensando, no sólo escuchando al paciente como debería de ser para que la operación del psicoanalista aparezca, que su queja bien debería tramitarse con amigos, no en un consultorio.
Incluso en un par de ocasiones e interpelado al paciente y le he dicho si no ha considerado mejor tomarse un café con una amiga o una cerveza con un hermano y que sea él o ella quien le consuele y le diga qué hacer o qué no hacer.
Porque desde luego que una consulta psicológica no debería ofrecer ni consuelo ni orientación para la vida. Si esas llegaran a aparecer, tendría que ser por añadidura.
Confieso que también cuando esta situación se ha presentado temo que a mis palabras se les confiera un peso místico, del tipo “seguro mi ‘doctor’ me habrá querido decir…” y les haga creer que en verdad “necesitan trabajar algo más”, algo que se les escapa y no están viendo.
Cuando el mandato, si es que hubiera alguno, es sencillo: salga del consultorio llámele a sus amistades o familiares y vayan a convivir, platiquen, rían, lloren, porque eso que lo trae a mi consultorio es un asunto que sólo se resuelve con los amigos, o con las hoy llamadas redes de apoyo.
También sé que al escribirlo me estoy poniendo en una condición de riesgo. Se me podrá criticar por no comprender que hay personas a las que les cuesta trabajo socializar y que quizá por ahí debería de ir mi trabajo “terapéutico”.
Pero es justamente este punto el que intento mostrar en esta ocasión. La psicología ha vuelto toda conducta humana un síndrome y toda motivación un trauma. Desde luego que los psicoanalistas contribuimos al aceptar a “todos” en consulta, aunque luego no todos se queden.
A través del síndrome y el trauma nos han vendido la idea, y nosotros la hemos aceptado gozosos, que el otro está puesto al servicio de nuestro disfrute y complacencia, que cualquier desviación del cumplimiento de nuestros deseos, es una señal de que debemos huir de ahí.
No se cansan de decirnos que el otro es un egoísta, un narcisista, un tóxico, un depredador, un manipulador. Nos hablan de “relaciones sanas”, de maneras de discutir, del amor propio, de los límites, de no ser el sanador del otro.
De tantas y tantas cosas más disfrazadas como verdades psicológicas y lo único que están logrando es que nos aislemos, que las relaciones de amistad sean más guiones para Instagram, que recuerdos para llevar al último aliento.
Sé que no debería esperar nada de mis pacientes, o de los pacientes de otros, pero no puedo evitar sentir tristeza de pensar que justo hoy cuando estoy escribiendo esto y mañana cuando alguien lo lea, habrá una persona que busque ayuda psicológica, porque amigos: se están acabando los amigos.