M+.- ¡Quiubole, tú! Era el saludo de Humberto Musacchio cuando nos encontrábamos, siempre risueño, irónico, generoso. Comimos el sábado 26 de septiembre en su departamento, en la colonia Condesa. ¿Quién podía presentir entonces una despedida? ¿Quién, entre tantas risas, anécdotas, abrazos de amigos queridos? ¿Quién entre las promesas de futuros encuentros?
Al verlo la noche del jueves en medio de ese “jardín cuajado de flores”, como escribió Beatriz Zalce en Facebook, sonriente en la fotografía frente a su ataúd, fue inevitable pensar en aquella reunión y en el poema de Borges: “Si para todo hay término y hay tasa / y última vez y nunca más y olvido / ¿quién nos dirá de quién, en esta casa, / sin saberlo nos hemos despedido?”. Esa tarde, después de una deliciosa comida, Guadalupe Alonso Coratella, Armando González Torres, Rafael Cardona, Carlos Marín y yo, sin saberlo, le dijimos adiós.
Éramos viejos amigos, y nos queríamos. Supe de años de la pobreza, de su temprana orfandad, de cómo la lectura lo había acompañado toda la vida. No se victimizaba, no arrastraba la cobija de la conmiseración, al contrario, aunque no lo decía, estaba orgulloso de haber salido adelante con su trabajo. Como lo estaba de haber vencido a los demonios del alcohol sin convertirse en predicador de la abstinencia ni envolverse en la bandera de la sobriedad y el aburrimiento; nunca perdió el sentido del humor ni claudicó en su defensa de la libertad de expresión, como lo muestra su último libro, la antología Cállense. Los nuevos rostros de la censura (Grano de Sal, 2025), donde, ante las amenazas de funcionarios y políticos del régimen contra sus críticos en los medios, escribió: “Las autoridades harán mejor su tarea si respetan aquellos puntos de vista que no coinciden con los suyos…”.
“Vale la pena ser un periodista honrado. Vale la pena ser un periodista crítico. Para hacerlo, es indispensable leer, prepararse. Nada se da gratis, uno tiene que trabajar mucho por todo eso sin esperar recompensa”, le dijo en una entrevista a Guadalupe Alonso Coratella. Esa es la gran lección de Humberto Musacchio.
Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.