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Lunes , 22.04.2019 / 15:18 Hoy

Valija diplomática

El Galeón de Manila: el inicio de la globalización

Ainhoa Moll

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En dos ocasiones durante el transcurso de una conversación y tras reconocer mi condición de española, mi interlocutor me ha interrogado sobre la lengua que se habla en mi país. La primera ocasión fue en la fila del barquito en el paseo Santa Lucía en Fundidora, la última en la peluquería. Ambas personas desconocían que en España se hablara español. Aunque pueda parecer exagerado no lo es y en ambos casos se trataba de gente normal, con una educación limitada, pero en ningún caso analfabeta. Una encuesta realizada por un organismo mexicano con motivo de la celebración del Día de la Independencia y publicada en 2015 me esclareció lo que se me antojaba inaudito: 50% de los encuestados no sabía de quién se había independizado México; el 32% respondió correctamente y el 13% pensaba que había sido de Estados Unidos. De cada 10 mexicanos, solo tres sabía que esta tierra, para bien o para mal, fue un día España y que por eso aquí se habla español. Desde luego la mayoría de los mexicanos debió quedarse frío con la extravagante petición de disculpas de hace unas semanas.

Desgraciadamente tanto México como España cometen el triste error de olvidar deliberadamente una historia común para facilitar la construcción de un relato que sea más acorde a las necesidades políticas del momento. Pero como amante de la historia me parece una verdadera aberración esa promoción de la amnesia histórica.

En mi último artículo resaltaba el efecto revolucionario que supuso el descubrimiento de América, porque a partir de entonces el mundo se transformó. Y el papel de México en ese nuevo orden geopolítico fue importantísimo. Pocos años después de llegar a América, los exploradores españoles consiguieron cumplir el sueño colombino de unir Europa con Asia, y se inició una ruta de comercio Asia-América-Europa que se mantuvo en funcionamiento hasta 1821 cuando México se independizó. Se dio, por tanto, el primer paso hacia la globalización.

La ruta de ida hacia Asia la trazó Magallanes en 1521, llegando a las Filipinas, aunque no fue hasta 1564 cuando Legazpi asegurara ese territorio asiático para la Corona de España y Urdaneta encontrara una ruta de retorno a América desde Asia. A partir de entonces Sevilla, Veracruz, Acapulco y Manila se convirtieron en los puertos más importantes del mundo. El Galeón de Manila surcaba el Pacífico cargado con todo tipo de riquezas: especias, delicados tapices, seda y porcelana china, perfumes de oriente, alfombras persas… Riquezas que se pagaban con la que sería la primera moneda mundial, el peso de plata español, cuyo material era extraído de las minas de México y Perú. Ese cargamento era transportado en una flota de inmensos galeones de hasta 50 metros de eslora hasta Acapulco en un peligroso y largo viaje de unos cinco o seis meses. Parte de la mercancía se quedaba en México y el resto se trasladaba por tierra hasta Veracruz, desde donde la Flota de las Indias la embarcaba nuevamente rumbo a Sevilla. Y de allí a toda Europa. Durante más de 250 años, México fue el epicentro del comercio mundial. Todas las riquezas pasaban por aquí y la ruta del galeón se convirtió en la primera ruta comercial estable que abarcaba el mundo entero. La famosa ruta de la seda de Marco Polo, la más importante hasta entonces, excluía obviamente al continente americano. Toda la exploración del Pacífico del XVI al XIX y ese riquísimo comercio del que he hablado es parte de la historia de España y por supuesto también de la de México. ¿No sería conveniente que con motivo de la celebración del V centenario de la llegada de los españoles a estas tierras, México reivindicara su condición de epicentro de ese primer comercio global?

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