Política

La era de la ira

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El mundo está enojado. Mucha gente, en muchos países, expresa un creciente repudio al orden establecido. Yo creo que este enojo social proviene de la combinación de dos consecuencias de la globalización, una buena y otra mala: la distribución del saber y la concentración de la riqueza. Lo he dicho antes en este espacio: los muchos que tienen y deciden poco saben lo suficiente para reclamar a los pocos que tienen y deciden mucho. Internet llevó la información a las masas, visibilizó la desigualdad y atizó la indignación. Y el declive de la socialdemocracia —el proyecto político que buscó compaginar libertad individual y justicia social y que gestó en Europa el Estado de bienestar— contribuyó a azolvar los cauces democráticos.

De eso trata mi nuevo libro, La era de la ira (Debate). Retomo y actualizo en él mi trabajo previo sobre la génesis socialdemócrata y agrego dos nuevos capítulos, uno sobre el populismo en México y otro sobre la “posracionalidad” en Estados Unidos, más un epílogo. Mi tesis es que la globalidad neoliberal entronizada en los años 80 agudizó la indignación contra el elitismo y pavimentó el camino al poder de movimientos populistas que, montados en la ola de crispación con reivindicaciones y venganzas, atizaron el encono. Polarizar entre el pueblo bueno que dicen representar y las élites malas —donde incluyen a todos los que se les oponen, vengan de donde vengan— les permitió ganar elecciones. Las urnas resultaron más eficaces que la calle o la clandestinidad.

En la primera parte de la obra explico el nacimiento, el auge y el ocaso de la socialdemocracia en Europa. En la segunda analizo el populismo mexicano de la 4T, su mitocracia y el desenlace de un proyecto hemipléjico: el cumplimiento de la mitad de las promesas —las redistributivas— y el incumplimiento de la otra mitad —el compromiso con la honestidad—, paralizada y corroída por casos monumentales de corrupción. Sin extirpar sus tumores cancerosos, el anestesiólogo López Obrador —todo líder populista es un virtuoso de la anestesia— se ganó la confianza y luego la gratitud de la mayoría del electorado. Imaginó una república amorosa para los suyos, promovió un ambiente de odio para sus opositores y privatizó la mexicanidad en función de sus filias y fobias. Si el pensamiento no es único, podría ser su lema, peor para el pensamiento.

Escudriño después el populismo de derecha que asuela a la democracia estadunidense. Lo veo como una manifestación posracional, una espiral de posverdades mediante la cual una creencia política se desconecta por completo de la realidad. Trump capitaliza el disgusto de obreros desempleados y el temor identitario de una mayoría blanca y conservadora que se siente amenazada por la inmigración y la multiculturalidad, y de paso propaga el nativismo e impone la ley de la selva en las relaciones internacionales. Socava los contrapesos democráticos —como hizo AMLO, su amigo y hermano de armas populistas— y se solaza en la concentración del poder.

Ojalá que ustedes, estimadas y estimados lectores, se animen a leer La era de la ira. Quizá coincidan con mi conclusión: al final del túnel de un enojo tan comprensible como autodestructivo hay una luz de razón. Una racionalidad que nos espera como remedio que no empeora, que cura la enfermedad.


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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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