Política

¿Autocensura política?

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Los escándalos de corrupción de La Barredora y el huachicol fiscal no detuvieron la cantaleta oficialista del “no somos iguales”. El gobierno morenista arguyó que, a diferencia de los del PRIAN, no dejaría impunes a los corruptos. Los hechos aniquilaron el argumento: si bien se encarceló a personajes menores, Adán Augusto y Ojeda permanecieron intocables. Y qué decir de Rocha Moya y su banda sinaloense: Estados Unidos pidió a México detenerlos con fines de extradición y la 4T los protegió pretextando soberanía y ausencia de pruebas. Dos se entregaron a las autoridades estadunidenses —carentes del escepticismo gubernamental, ellos sí creyeron que había evidencias en su contra— y los demás están más o menos marginados pero libres.

El desaguisado del retorno de Rocha a gobernar Sinaloa causó tanta irritación en Palacio Nacional que muchos piensan que ahora sí van a procesarlo. Si lo hacen, y si no importunan a los demás elefantes en la sala cuatrera, quedará claro que lo que se castiga no es la corrupción sino la desobediencia. Haz al crimen organizado tu operador electoral, enriquécete, pero sé discreto y sobre todo no desafíes al alto mando, y te gritarán “¡no estás solo!”; desobedece y te caerá encima el peso del Águila. No es una regla muy distinta a la del viejo sistema político mexicano: lo punible es la indisciplina, no la deshonestidad. ¡Ah, cómo se parecen!

Quizá la única diferencia entre el reglamento no escrito de la 4T y el del priismo hegemónico es el peso del sexenio anterior. En el siglo pasado era una desventaja ser amigo o incondicional del expresidente, y rendirle pleitesía era visto casi como un acto de insubordinación. Hoy la cercanía a AMLO es una condecoración que se presume en el pecho como cédula de impunidad. A quienes la portan se les trata con pinzas; tienen que ser muy insolentes para que se les remueva del cargo y más para que se llegue a sancionarlos. Claudia Sheinbaum escarmienta a los suyos cuando cometen un delito, como hizo con el exdirector de Pemex, pero la piensa dos veces antes de castigar a los obradoristas corruptos. Eso ocurrió en el México posrevolucionario, pero solo entre 1928 y 1936, cuando Lázaro Cárdenas expulsó a Plutarco Elías Calles del país.

No, aunque en la 4T el “segundo piso” no pueda despegarse del primero, no creo que los mexicanos estemos viviendo una recreación del Maximato. El protagonismo y la visibilidad son muy distintas: Calles fue secretario de Guerra con Portes Gil y Ortiz Rubio y de Hacienda con Abelardo L. Rodríguez, mientras que López Obrador se fue a La Chingada, dejó su voluntad inscrita en piedra y no tiene que reaparecer para que se acate. Creo que lo que se ensaya en México es una suerte de autocensura política: la Presidenta comparte el poder con su mentor por aprecio y coincidencia ideológica y por la enorme fuerza que aún tiene en Morena, y esto se manifiesta en un cuidadoso tiento para no decir o hacer algo que pueda contrariarlo. El problema es que AMLO ejerce una suerte de afirmativa ficta con sus cercanos y ni en la presentación de su libro ni en sus misivas les ha quitado el fuero. El mensaje es claro: tocarlos a ellos sería tocarlo a él. Y la ilegitimidad del régimen crece en la medida en que la imagen del fundador pesa más que sus mandamientos.


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Agustín Basave
  • Agustín Basave
  • Mexicano regio. Escritor, politólogo. Profesor de la @UDEM. Fanático del futbol (@Rayados) y del box (émulos de JC Chávez). / Escribe todos los lunes su columna El cajón del filoneísmo.
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