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Jueves , 25.04.2019 / 12:33 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Libros muertos

Adrián Herrera

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Tengo libros en mi casa. Los amo. De hecho, muchas veces prefiero estar con ellos que con gente. Intento leer todos los días; desde siempre me quedó claro que era un ejercicio necesario. Para quien a estas alturas todavía cuestione el valor de la lectura, éste claramente no es un artículo para él o ella. Pero, ¿sabe una cosa? Todo parece indicar que en estos tiempos leer no solo se cuestiona, sino que hasta pareciera que se lucha para no hacerlo. Por ahí leí que este sexenio estaba peleado con la inteligencia. Todo parece indicar que es cierto. Reducción en los presupuestos de ciencia y tecnología, de cultura y así. Es un retorno a la prehistoria. Vamos mal y se va a poner peor.

El caso es que el otro día le pregunté a varios amigos qué estaban leyendo. Todos, y digo absolutamente todos, contestaron que no estaban leyendo nada. –¿Qué les gustaría leer?–, pregunté. Algunos contestaron cosas ambiguas y otros fueron más honestos y dijeron que no se les antojaba leer nada. De plano. Siempre he creído que el gran problema que tenemos es una falta de educación, que el proceso educativo se encuentra francamente secuestrado y que a nadie le importa. Alguien me dijo una vez que la culpa era de la tecnología, que presentaba distractores difíciles de ignorar. Ese no es el problema: los videojuegos y las series son parte de un proceso de evolución de la tecnología y, en todo caso, el asunto es saber adaptarse a ese cambio. Pero el problema de fondo es la pereza mental, la falta de interés, de convicción: la gente no está convencida de que educarse sea necesario.

Hay maneras de lograr que la gente se interese por la lectura; hay tanto que leer que hasta resulta confuso y complicado decidir. Unos leen porque quieren entretenerse. Otros buscan emociones, otros más, revelaciones. Algunos son prácticos y quieren consejos para resolver algo apremiante. Hay personas que recurren a los libros para viajar, para meterse en aventuras épicas o batallas gloriosas. Y también habrá quien lea para buscar verdades, descubrimientos o planteamientos luminosos. Hay de todo.

Un colega me preguntó, al ver que cargaba con un volumen de cuentos de terror, que por qué leía aquello. –Primero, porque me gusta el género (desde niño); segundo, porque me interesan las emociones que se generan con la lectura de esos textos y tercero, porque me provocan pesadillas tremendas, ricas en imágenes y en significado. Me dijo entonces que a él no le gustaba el tema justamente porque no podía dormir bien, pero que como quiera no leía nada porque no sabría por dónde empezar. –Puedes comenzar por definir un tema, como aventuras, ciencia o suspenso. –No, prefiero no leer–, contestó. –¿Por qué?–, pregunté. –No sé y no me importa–, contestó. Bueno, pues ni cómo ayudar a este pobre diablo.

Una vez me invitaron a casa de unos amigos a cenar. En la sala había un librero grande repleto de libros. Curioso, le pregunté al dueño qué leía en ese momento. –Nada, me gusta comprar libros y ponerlos ahí: ¡se ven bonitos!–, contestó. –Claro. Pero, ¿no lees nada de lo que tienes ahí? –No. –¿Entonces cómo decides qué libros comprar? ¿Acaso no lees los títulos? –No. Los escojo de acuerdo a si se ven bonitos y, claro, ¡si no están caros! Esa noche estuve revisando los títulos y di con uno que captó mi atención; un librito de Winston Churchill relatando un viaje por África. Entonces, sin que nadie se diera cuenta, lo metí en la bolsa de mi chamarra. El dueño nunca se enteró y yo disfruté mucho su lectura. Nunca le robaría un libro a alguien que lee, pero a este personaje que los usa para decorar su sala, me parece que quitarle un par de volúmenes es un acto de decencia y justicia.

En ciertas librerías del país se ofrecen libros a precios ridículos con el argumento de que eso estimulará la lectura. Hay que ser muy pendejo para creer eso. Al único público que va a atraer este procedimiento es a estos personajes que compran libros para decorar la pared de su estudio. Esto ya lo sabemos: el hábito de la lectura se establece mediante procesos que comienzan en casa y que se continúan en la escuela a través de métodos bien estudiados. Si usted quiere, regale libros, pero le adelanto que los van a usar para limpiarse la cola y para encender el asador el domingo.

Esto ya parece un escenario distópico donde los libros –la lectura– va quedando rezagada, vista ya como un anacronismo, como un fenómeno primitivo. Bueno, pues para que quede claro, los libros son los únicos documentos que tenemos para registrar nuestro conocimiento e historia; si ocurre un cataclismo y sobreviven algunas bibliotecas importantes, podremos reconstruir la civilización con ese acervo. Papel impreso, coño.

Hoy los libros están en estado catártico, replegados en estantes, arrumbados. Apenas respiran, apenas nos damos cuenta que están ahí. Pronto van a morir y lo saben: esperan pacientemente a que ocurra. Entonces las librerías van a desaparecer y las bibliotecas se transformarán en enormes e inútiles mausoleos de papel.

chefherrera@gmail.com

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