No leemos –o debemos leer– lo que otros suponen que es lo que nos conviene. Cada persona tiene sus gustos, sus momentos, su historia, su carácter, ya sean heredados, inculcados, implícitos o desarrollados, y eso es algo único en cada quien y no hay razón por imponer supuestos ni forzar estadísticas ni consensos en nadie, nunca. Si el Quijote no es lo suyo, no lo abra. Si la literatura de horror le inquieta, eso no es lo suyo. A mí me fastidian las novelas románticas, nunca las leeré. Usted debe seguir lo que le salga del forro de las pelotas. No haga caso de recomendaciones ni sugerencias de nadie. Esas son cosas a que a ellos les gustan y no necesariamente cuadran con las preferencias de otros. Pregúntese lo siguiente: ¿Qué género le gusta? Defínalo: la historia, el cuento, la filosofía, el thriller, la poesía. A partir de esa breve encuesta, investigue –la IA es muy efectiva para eso– sobre cuáles son los libros, dentro de esa categoría, más reconocidos. Lea muestras y reconozca si lo que leyó le despierta algo o, de plano, le aburren. Pero hay que saber algo sobre la obra, el autor y el momento histórico al que pertenece, porque de nada sirve entusiasmarse por un autor si no se sabe nada de él. Hoy tenemos las herramientas para convertirnos, si no en expertos, por lo menos en personas bien informadas sobre el tema que usted quiera. Y educarnos a nosotros mismos es ya –o debería ser– una tendencia, una costumbre. Porque con ello podemos no solo entender mejor lo que leemos, sino algo más importante: gozarlo.
Estamos, pues, en una disyuntiva histórica que nos permite tener control de nuestra propia educación y del sentido que le demos a la misma. Si el asunto del internet se ha vuelto más un asunto de distracción, de influencers tarados y de basura generalizada, también se ha transformado en una herramienta formidable de educación. Incluso creo que este proceso de autoeducación se irá desligando progresivamente de los esquemas de educación oficiales, tradicionales e institucionales.
Creo que un día ciertos niveles escolares dejarán de requerir el aparato físico de aulas, profesores, pizarrones y campana para salir al recreo y el sentido de la educación cambiará hacia uno más individual, personalizado y efectivo. Y sí, alienante. Porque somos gregarios y la escuela sirve, a veces, más como un aparato de socialización que de educación formal. Apuesto por un proceso educativo más libre y relajado, alejado de los dogmatismos e imposiciones, de los anacronismos y obsolescencias, de las tendencias ideológicas, las modas y de aquellas pulsiones políticas improcedentes que no terminan de fastidiarnos con estériles intentos por secuestrar el pensamiento libre, reflexivo, intuitivo, creativo, espontáneo y confrontativo.
Por lo pronto todo tiene que ver con usted: sus gustos, su personalidad y carácter. Que no lo intenten convencer de algo o peor: que le digan cómo interpretar lo leído. Como si usted no tuviera opiniones propias o capacidad para interpretar las cosas. Porque la experiencia literaria es, en gran parte, un tema personal. Opine sobre lo que vive y lee y entiéndase a sí mismo a través de la experiencia de la palabra escrita.
El otro día un crítico literario decía que todos debíamos leer a un escritor que en años recientes le había sido otorgado el Nobel. Ya había leído una obra de ese autor y me pareció densa, apocalíptica y, a ratos, impenetrable, pero me gustó mucho el estilo. Conversando con otro amigo que también había leído a ese autor, reconoció que dejó el libro luego del primer capítulo. No hay que generalizar. Si alguien se emociona con algo, que lo comparta, sí, pero no debe uno ir más allá.
Hay mucha literatura como para andar forzando a otros a leer lo que a nosotros nos llama la atención.
Y en cuanto a los críticos literarios (al igual que los gastronómicos), no los odio. Simplemente hay días en que los considero absolutamente innecesarios.
Conclusión: investigue, lea, goce y no le haga caso a nadie.