Ludwig Wittgenstein tiene problemas con Platón, mire:
“Cuando se leen los diálogos socráticos se tiene el sentimiento: ¡qué espantosa pérdida de tiempo! ¿Para qué estos argumentos que nada prueban y nada aclaran?”.
Puede ser. Cuando en la prepa leí la Apología de Sócrates, me entusiasmé mucho. Supongo que no todos sacan provecho de tales disertaciones. Y en cuanto a la postura de Wittgenstein, recordemos que estamos frente a un filósofo confrontando y cuestionando las opiniones de otro filósofo, luego me queda claro que eso es justa y precisamente lo que deben hacer los filósofos.
Lo que no debemos pasar por alto es la dialéctica, el método. El proceso de cuestionamiento suele llevar a un nivel de introspección y de realización profundas y esclarecedoras. Sostener una conversación con argumentos en contra y a favor revela facetas no solo del tema a tratar, sino de la psicología de los involucrados en tal dinámica. Por tal motivo hay terapias psicoanalíticamente dirigidas que se valen de la dialéctica para llevar al paciente a un reconocimiento de su psique.
El mismo Wittgenstein dice: “El trabajo filosófico consiste, fundamentalmente, en trabajar sobre uno mismo, en la propia comprensión, en la manera de ver las cosas y en lo que uno exige de ellas”.
Hay varias maneras de llevar a cabo la introspección; la filosofía aporta una sólida base en tanto que formula preguntas esenciales unas y otras más obvias que aluden al sentido común. Y si se han leído las novelas de Sherlock Holmes advertiremos que la observación atenta y detenida lleva a establecer conjeturas, proceso fundamental para alcanzar conclusiones y resolver problemas.
Pero fíjese que también tenemos otro proceso mental involucrado en este proceso de introspección y que permanece envuelto en un velo de misterio y en lo inefable: la intuición. Se trata de una especie de rara y repentina revelación, de epifanía quizá, que nos lleva a tener una sensación profunda y certera sobre algo, reconociendo algo como verdadero o falso, como conveniente o peligroso.
Cursaba el primer año de prepa. Estaba en la odiosa y tediosa clase de matemáticas. Recién acababa de comprar los Diálogos de Platón, en la colección Sepan Cuántos de la Porrúa. Leyendo precisamente la Apología comencé a elaborar algunas preguntas, ¿hasta qué punto debemos aferrarnos a nuestras convicciones y principios? ¿Qué valor tienen? ¿Son valores permanentes o están sujetos a cambios? De pronto se acercó el profesor y, absorto como estaba, me asaltó, pues me pilló leyendo a Platón en lugar de poner atención a su clase: –A ver si se entera, esos filósofos sí sabían matemáticas–, dijo en tono sarcástico. Después me invitó a salir de su clase y visitar la oficina del director para que le explicase por qué había mostrado más interés por el filósofo griego que por su tediosa clase.
Conversando con un amigo cuestionábamos el tema de si existen realmente principios absolutos o si estas ideas evolucionan y se adaptan de acuerdo al momento histórico. Y también de la manera en que debemos adaptar nuestras vidas y acciones a estos principios. Concluimos que la experiencia muestra que en tanto que sí deberíamos reconocer cierta clase de fundamentos, no todas nuestras elucubraciones y conclusiones funcionan ni para todas las sociedades ni en todos los tiempos. Y es importante puntualizar esto porque nuestras ideas y conclusiones sobre el comportamiento y sus patologías también cambian. Pero lo que permanece constante y saludablemente necesario, es el intercambio de ideas, sentimientos y experiencias en un ambiente controlado y bajo una serie de normativas y pasos que nos lleven a resolver conflictos, pero también a aprender a tener una mejor relación con nuestros semejantes, pues la conversación dirigida y controlada nos lleva a comprender al otro, y así generar tolerancia y respeto. Hay que aprender a conversar, a sacarle provecho, no solo platicar por platicar.
Porque, como dice el dicho: “Hablando se entiende la gente”.