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Lunes , 22.04.2019 / 18:06 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Experiencia

Adrián Herrera

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Tengo un amigo que le gusta vivir. Hace unos años bebíamos y charlábamos; me preguntó entonces que cuál era mi punto de vista en cuanto al asunto de vivir. –Me gusta comer y beber bien, educarme en algo que me enriquezca (no un mero pasatiempo) y no meterme en problemas–. Le dio un trago a su coctel y comentó: –Pues a mí lo único que me interesa es trabajar para hacer dinero y gastármelo–.

Su respuesta me dejó un poco seco. ¿Sería su vida así de simple? La pregunta es elemental y se ha hecho desde la antigüedad: ¿Cómo debemos vivir? ¿Qué reglas hay que observar? ¿Es correcto acumular riquezas –en lugar de experiencia– y disfrutarlas solo por el mero hecho de que nos generan una vida cómoda y sin preocupaciones? ¿Por qué hay gente que se molesta con el estilo de vida de otras personas? Creo que de vez en cuando hay que tener conversaciones de este tipo.

Aunque, ¿sabe algo? A veces pienso que uno debe vivir y dejar vivir. Pienso que hay que aportar algo a la sociedad, dejar algo útil, pero echarse de vez en cuando a los grandes y buenos placeres de esta vida tan breve y extraña. Es mi opinión.

El caso es que mi amigo, que ya ha declarado que lo único que busca es el dinero, puede tener un argumento válido. De esa manera imaginé que él podría ser de esos que buscan coleccionar objetos, como relojes, carros y cosas por el estilo. Pero este no era el caso, pues lo conozco desde hace muchos años y no es el tipo que siente un gran apego a los objetos materiales. Entonces le pedí que elaborara un poco más sobre su motivación para vivir. Me contó que lo suyo era pasarla bien. –Me gusta divertirme, tener aventuras para ganar experiencia y recuerdos; ¡viajar!–.

Y así pasó a relatar un viaje que tuvo por el Amazonas. Siempre había querido ir allí; se metió al internet y dio con una empresa que organiza tours por la jungla. Llegó a Manaos y de ahí salió en bote hacia un campamento. El guía se hizo su amigo y fue contándole cosas: –No te metas con las putas del campamento, casi todas tienen sida o enfermedades venéreas. Además te van a robar, por lo que no debes traer cosas a la vista, especialmente cámaras–, le dijo.

El viaje por el río fue increíble y pudieron ver animales de todo tipo y paisajes memorables. Se detenían en algunos sitios a pescar y a arrojarse al agua y en uno de esos el guía recordó el caso de un biólogo austriaco que buscando un insecto rarísimo descrito en un libro del siglo XIX, se lo había comido un jaguar.

Luego pasó a relatar otro caso particularmente interesante: –Dicen en el campamento que, como a un día de distancia, hay un campamento secreto. Es una comunidad de antropólogos desquiciados que fundaron una comunidad que gira alrededor de un extraño culto a un dios –probablemente inventado por ellos–; crearon un rito en donde sacrifican gente. Secuestran turistas y los destazan en un altar de roca: es un ritual espantoso. Joao, mi asistente, lo vio todo en una ocasión y logró escapar para contarlo. Desde ese día perdió el habla. Ah, ¿y no le conté lo del argentino y las pirañas? Preste atención: vino este tipo con un problema de actitud, creyendo saber más de lo que realmente sabe y sintiéndose algo así como indestructible. En un punto del trayecto nos bajamos en una playita a comer y yendo a mear se cortó una pierna con una espina. Como se quería meter al agua, le dijimos que no lo hiciera, pues había pirañas, pero dijo que eso era cosa de las películas. Claro, si así lo quieres creer, adelante. Y se echó al río. ¿Y pues qué cree? Lo mordieron las pirañas. Alcanzamos a sacarlo antes de que fuera tarde, pero se le acabó el viaje ahí mismo. Por fortuna venía un doctor en el viaje y lo salvó. Terminó seriamente mordisqueado y se la pasó pegando de alaridos de dolor en todo el trayecto de regreso. Ellos deberían hacernos caso, en serio–.

Bueno, pues mi amigo, luego de varios días en su tour por el Amazonas regresó muy contento a México. Pero algo ocurrió: comenzó a sentirse mal; fiebre, dolores extraños que nunca había sentido, mareos y espasmos. La cosa es grave. Fue a consultar con varios médicos y ninguno dio con el problema. Hay preocupación, pues unos diagnostican una cosa, otros se inclinan por otra, pero nadie está seguro de lo que pasa. Hasta que un día un galeno, escuchando que mi amigo había estado en el Amazonas, sugirió que se checara en una clínica especializada en enfermedades tropicales, en Atlanta.

Y así lo hizo: pronto descubrieron que había sido picado por un insecto que carga con un parásito. Éste viaja por el torrente sanguíneo y se fija en el sistema nervioso central –el cerebro–. El bicho comienza a morder el blando, grasoso y suculento tejido, y ahí es donde comienzan los signos a manifestarse. –Por fortuna aún podemos deshacernos de ese gusano –, declaró el médico. Semanas después regresó a su casa donde terminó de recuperarse y hoy lleva una vida normal. Ya no viaja, sigue haciendo dinero y escuché que ha comenzado a coleccionar relojes.

chefherrera@gmail.com

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