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Miércoles , 24.04.2019 / 10:04 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Acoso telefónico

Adrián Herrera

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A mi casa hablan toda clase de personas: proveedores, clientes, amigos y familiares, llamadas equivocadas, gente que habla y cuelga y ese otro grupo de personas que tengo clasificadas como nefastas: vendedores. De lo que sea. Antes rabiaba, mentaba madres y colgaba histérico el auricular. Sobra decir que el que la llevó fue el teléfono, pues en una ocasión le di bien fuerte y lo descojoné. Gente que ofrece tarjetas de crédito, agencias de publicidad, revistas, bancos y casas de bolsa, todos ellos pueden irse al carajo. El día que quiera algo, lo busco en el directorio y llamo. Hoy no se me ofrece nada, gracias. Harto de hacer berrinches y viendo que las llamadas nunca iban a parar, desarrollé un método infalible para contrarrestar el efecto nocivo del acoso constante e inevitable –pero no insoslayable– del vendedor telefónico.

Ese día llamaron de un banco. Es la sexta vez que lo hacen. Ofrecen tarjeta de crédito. Hablan sobre las tasas de interés, los premios y beneficios de quienes pagan sus cuentas a tiempo y las bondades del sistema de esa institución. Le hago saber al ejecutivo de ventas que estoy solo en casa. “Me aburro mucho, sabes. Ahorita estoy pensando en un hombre fuerte y musculoso, de esos que te estremecen con la mirada, ¿tú serás uno de ellos, verdad papito? Quiero conocerte, me encanta tu voz, suena tan viril, tan fuerte y ruda. Podemos vernos donde tú quieras”. El vendedor interrumpe la conversación; se despide amablemente y cuelga.

En otra conversación, una dama insiste en que debo comprar un espacio en cierta revista; mi negocio se verá beneficiado y obtendré copiosas ganancias. Pero antes de que yo acceda a comprar el espacio, ella debe enterarse de que yo sufro depresiones crónicas, “no sé qué me pasa, a veces me siento tan solo, tan desprovisto de amor, de simple contacto humano, pues las cosas hoy en día son tan mecánicas, tan automatizadas, que ya no nos detenemos a sonreírnos y decir un parco buenas tardes. No. Si hablas con alguien por teléfono, quieren colgar YA, ¿me entiendes? La verdad es que ya estoy viejo, y solo necesito alguien con quien platicar: ¡quiero contarte mi vida!”. No medí el tiempo, ni me di cuenta cuándo me colgó la vendedora.

En otra experiencia una voz ronca y algo exótica promueve la venta de lotes y servicios funerarios. Lo que el “morticio” no sabe es que yo promuevo y trabajamos en lo mismo; él se encarga del cuerpo y yo del alma: promuevo a Jesucristo. “¿Le conoce? ¿Le teme a la muerte? Pues yo le tengo una noticia que cambiará su vida: Cristo le ama y está dispuesto a salvarlo de la muerte para darle vida eterna. Lo único que le pido es que nos proporcione una dirección para enviar a un hermano quien amablemente le hará llegar un paquete con literatura que, créalo, cambiará su vida para siempre. El paquete tiene un costo de doscientos cincuenta pesos y...”, el casi redimido sujeto ha colgado el teléfono. Lástima, perdió la oportunidad de ser salvado por Cristo. En otra ocasión será.

En la última llamada, que ocurrió esta semana, preguntaron por el titular de la línea. “¿El titular? Murió”. “¡Cómo!”, espetó el llamante. “Lo asesinaron, frente a su esposa e hijos, después le cortaron la cabeza y se la llevaron. Los familiares no pudieron aceptar velar el cuerpo sin la cabeza, y por dignidad, le pusieron la de un maniquí, y con un buen trabajo por parte del maquillista lograron un parecido admirable, pero francamente no es lo mismo. Imagínese. Bueno, el caso es que ya no hay titular de la línea. Si gusta dejar su nombre y teléfono con gusto le paso el dato a algún familiar para que se comunique a la brevedad posible con usted”. Pero antes de obtener cualquier información, el vendedor fue pronto a colgar el teléfono.

El asunto es que no han vuelto a llamar. Nadie, nunca. Porque, ¿sabe? tengo todo el tiempo del mundo y tantas, tantas historias por contar, así que ¡llame ya mismo!

chefherrera@gmail.com

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