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Empresas de IA a favor de la regulación y de modelos de pesos cerrados

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La mayoría de las empresas de IA han contribuido a distintos proyectos faraónicos de Trump.

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“Deténgannos antes de que acabemos con la humanidad”, no dejan de decirnos los titanes de la IA. Y también: “confía en mí y solo en mí, no en mis competidores”. Ya se trate de Mark Zuckerberg, de Meta; Sam Altman, de OpenAI; Elon Musk, de xAI; o Dario Amodei, de Anthropic, los broligarchs tecnológicos de Estados Unidos son sus propios y peores alarmistas. 

Al mismo tiempo que advierten que los seres humanos vamos camino al basurero de la evolución, prometen acabar con las enfermedades, abolir el trabajo y solucionar el calentamiento mundial. Llamémoslo utopismo de culto a la muerte. Los estadunidenses se están concentrando cada vez más en la parte del culto a la muerte.

Poco de lo que dicen los jefes tecnológicos debería tomarse al pie de la letra. Cada declaración debe pasar por el filtro de la rivalidad de mercado. Las empresas de IA con mejor desempeño —en particular Anthropic, que se prepara para la mayor oferta pública inicial en la historia de la IA— están a favor de la regulación y de los modelos de pesos cerrados, aquellos cuyos parámetros son privados. Quieren una especie de Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) para la IA.

Las rezagadas, en cambio, han descubierto la fe en los modelos de pesos abiertos. Después de pasarse la vida intentando conseguir el monopolio de Facebook, Zuckerberg ahora advierte sobre los peligros de la concentración del mercado. Pero sufre de una baja confianza pública incluso para los estándares de Silicon Valley. Las jóvenes estadunidenses llaman a los Ray-Ban con IA de Meta “lentes de pervertido”.

Apenas pasa una semana sin que alguno de los broligarchs publique un manifiesto sobre IA que disfrace los imperativos de su empresa con el ropaje de los grandes intereses de la humanidad. Decir que la tecnología de tu compañía es particularmente peligrosa es otra manera de decir que supera a la de los demás. Y, de paso: “tengo más visión de futuro que mis rivales respecto de los riesgos”. No sorprende que los estadunidenses ya no confíen en sus campeones tecnológicos.

Ninguna sociedad ha sido históricamente más favorable a la tecnología que EU. Por eso, el mundo debería prestar atención a su marcado giro ludita. Casi tres cuartas partes de los estadunidenses no confían en que las empresas utilicen la IA de manera responsable, según Gallup. 

Más de 70 por ciento se opone a que se construyan centros de datos en su zona por temor al encarecimiento del agua y la electricidad. El 80 por ciento o más desconfía de la IA para conducir vehículos, dar consejos médicos y tomar decisiones de contratación. Como señaló The New York Times, el miedo a la IA es “el tema más bipartidista desde la cerveza”.

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“El 80 por ciento o más desconfía de la IA

Para conducir vehículos, dar consejos médicos y tomar decisiones de

Contratación”.

Ese sentimiento es tan fuerte en el centro político como en la derecha MAGA y la izquierda socialista democrática. Que esos temores sean a menudo conspirativos no debería sorprender. La paranoia es una respuesta natural ante lo desconocido. Steve Bannon llama a los centros de datos “laboratorios de armas”.

Marjorie Taylor Greene se refiere a las grandes tecnológicas como “Skynet”, el sistema informático autoconsciente que desencadena un holocausto nuclear en Terminator. Los progresistas hablan de una IA que acabará con la democracia estadunidense e inaugurará una distopía al estilo de Blade Runner.

La pérdida de la autonomía humana

Dado que los titanes de la IA son, casi sin excepción, adictos a la ciencia ficción, difícilmente pueden quejarse de que sus tropos se utilicen ahora en su contra. Según se ha informado, Larry Page, exdirector ejecutivo de Google, llamó a Musk “especista” por preocuparse de que una superinteligencia artificial pudiera dejar atrás a la humanidad. Todas las grandes figuras de la IA han especulado alguna vez sobre la inmortalidad o sobre multiplicar la esperanza de vida.

Una de las claves del marketing consiste en persuadir a los consumidores de que necesitan algo cuya existencia antes ignoraban. La política, en cambio, consiste en dar a los votantes lo que dicen querer. Ambas reglas han quedado trastocadas por la IA. A los consumidores se les está ilustrando acerca de algo que temen: la pérdida de la autonomía humana.

El presidente Donald Trump se muestra, de manera poco habitual, sordo ante esos temores. Buena parte de su hostilidad hacia la regulación de la IA tiene que ver con el dinero. Musk gastó cientos de millones en la campaña de Trump de 2024 y promete otros 100 millones de dólares, aproximadamente, para los republicanos en las elecciones de mitad de mandato de este año. La mayoría de las empresas de IA han contribuido a distintos proyectos faraónicos de Trump, entre ellos el salón de baile de la Casa Blanca y las celebraciones Freedom 250.

​Mientras tanto, Trump advierte al mundo que, o está con EU, o está contra él. Para países como Singapur, Emiratos Árabes Unidos y, cada vez más, Europa, esos ultimátums no son bienvenidos. Quieren beneficiarse tanto de las plataformas tecnológicas chinas como de las estadunidenses. 

Cada superpotencia está construyendo su propia alianza global en torno a la IA. Cualquier intento de regularla en EU es desestimado con el argumento de que ayuda a China.

Hay tres cosas que haría una administración estadunidense decente, fuera del partido que fuera. Primero, respondería a los temores legítimos de la sociedad mediante una alianza público-privada para la seguridad de la IA, tomando como referencia la reciente encíclica del Papa sobre la necesidad de anteponer la dignidad humana. Segundo, trasladaría parte de la carga fiscal del trabajo al capital. 

Los actuales incentivos fiscales estadunidenses favorecen enormemente la automatización de los empleos. Tercero, intentaría negociar con China principios comunes sobre IA para impedir que el mundo caiga en una espiral mortal binaria.

Estas son apenas medidas mínimas. Nuestra especie todavía tiene margen para moldear su futuro, diría este presidente estadunidense ficticio, pero esa ventana se está cerrando rápidamente.

¿Suena poco realista? Por desgracia, en este momento sí. Pero, por otro lado, este es un momento de oro para los emprendedores políticos estadunidenses.

AAL

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