Donald Trump quiere que los estadunidenses promedio comiencen a invertir en crédito privado. Hace un par de semanas, el presidente eliminó las barreras legales para los empleadores que quieren permitir que los trabajadores inviertan sus ahorros para el retiro —los planes 401(k)— en activos de más riesgo, pero potencialmente más rentables, como capital privado, fondos inmobiliarios, etcétera. Las grandes instituciones y los ricos lo hacen, dice, así que ¿por qué no todos los demás?
Podría decir que el gobierno no debe alentar a los estadunidenses promedio a invertir en este tipo de alternativas en este momento, porque probablemente estamos entrando en la fase final de un ciclo crediticio de riesgo que puede estallar. Esta no es una declaración radical. Es muy conocido que, luego de la crisis financiera mundial de 2008, el riesgo se trasladó del sector bancario formal al mercado de crédito privado. Para comprender por qué este momento es tan delicado, conviene remontarse a la historia, a la crisis de los bonos basura de 1989-1990.
Gary Gensler, expresidente de la Comisión de Bolsa y Valores (SEC, por su sigla en inglés) durante la administración Biden y actualmente profesor del MIT, donde imparte, entre otros cursos, “La disrupción en las finanzas mayoristas”, lo explica así:
Los ciclos de crédito apalancado se mueven en oleadas. En las últimas cinco décadas, aproximadamente, cada oleada ha durado entre 15 y 20 años. Y cada una ha tenido un punto de transición asociado a un nuevo tipo de financiamiento mediante deuda.
En cada uno de estos ciclos, dice Gensler, “un fulcro (un pivote) abre brechas en el mercado”. Los innovadores financieros irrumpen en el mercado y las entidades tradicionales comienzan a perder participación frente a nuevos actores que realizan otro tipo de operaciones.
Comencemos con la primera ola: la historia de las adquisiciones apalancadas, que comenzó a mediados y finales de la década de 1970, cuando una pequeña red de financieros individuales como Henry Kravis, George Roberts, Thomas Lee, Teddy Forstmann y otros desarrollaron el mercado de bonos basura. Se hicieron fortunas que al final se perdieron en medio del colapso de Drexel Burnham Lambert en 1990; la crisis de las cajas de ahorros que se extendió hasta mediados de la década de 1990; la recesión de 1990-1991 y una guerra del Golfo que —curiosamente, al tener en cuenta lo que está sucediendo ahora en Irán— coincidió con esa desaceleración.
Luego del estallido de esa burbuja, surgió una segunda ola de financiamiento mediante deuda, que no se basaba en operaciones individuales, sino en plataformas de inversión alternativas emergentes como Blackstone y Carlyle, que no dependían de un único actor clave. Estas instituciones crearon “plataformas”, como las describe Gensler, capaces de invertir en más sectores y activos simultáneamente, recaudando de esta manera mucho más capital.
Algunas de las instituciones más grandes acabaron sacando a bolsa a sus compañías gestoras (Blackstone realizó una oferta pública inicial en 2007), lo que a su vez generó una mayor presión para que siguieran creciendo y satisficieran a sus accionistas. Esta ola coincidió con el desarrollo de los préstamos sindicados, las obligaciones de préstamos garantizados (CLO, por su sigla en inglés) y el auge tecnológico. Finalizó —aproximadamente dos décadas después— con la crisis financiera mundial, relacionada, por supuesto, con el sector inmobiliario, pero amplificada por el apalancamiento en el mercado de CLO.
La tercera ola —la actual, que comenzó después de la crisis financiera— se centra en el auge del crédito privado como clase de activo, ahora en manos de fondos de pensiones y universitarios, oficinas familiares y, cada vez más, firmas de seguros y personas con alto patrimonio. Llevamos casi dos décadas inmersos en esta ola, que coincide con una burbuja tecnológica y una guerra en Medio Oriente.
“Como según dijo Mark Twain”, concluye Gensler, “la historia no se repite, pero a menudo rima”. Y es cierto. Se argumenta que la estructura del crédito privado actual es diferente a la de las adquisiciones apalancadas, por ejemplo, con las restricciones y los fondos cerrados, y que los problemas del mercado no serían sistémicos.
Independientemente de que sea cierto o no, las firmas de capital privado buscan impulsar aún más el auge del crédito abriendo el mercado estadunidense de planes de jubilación 401(k), valorado en 10 billones de dólares, a activos alternativos más de mayo riesgo. Y Trump, que quiere que el mercado suba a toda costa, pretende ayudarlos a conseguirlo.
La pregunta para los inversionistas y los responsables de la formulación de políticas que se preocupan por el ciudadano promedio es: ¿Los jubilados promedio están destinados a ser la víctima más vulnerable de este ciclo crediticio tardío? ¿Son los participantes del mercado menos sofisticados los que serán devorados?
Creo que la respuesta es sí. Las señales de alerta sobre los riesgos de los préstamos apalancados, que se han arraigado en el sistema financiero, son altas. Existe una gran cantidad de pruebas de que los préstamos privados apalancados se negocian muy por debajo de su valor nominal. Los fondos están reestructurando cada vez más activos obsoletos y tratando de deshacerse de ellos en el floreciente mercado secundario. Expertos como Jamie Dimon y Jerome Powell desde hace tiempo señalan los riesgos de los mercados de crédito privado y los peligros que representan para el sistema financiero y la economía real. Incluso el propio Departamento del Tesoro de Trump tiene conversaciones con los comisionados estatales de seguros sobre la acumulación de préstamos privados en sus carteras.
Nos encontramos al final de otro ciclo de crédito privado. La incógnita es cómo terminará y quiénes serán perjudicados. Cuando el mercado de bonos basura colapsó, representaba poco más de 3 por ciento de la economía estadunidense en aquel momento. En la actualidad, el crédito privado asciende a 2 billones de dólares, más del doble de esa cifra como porcentaje de la economía de EU. A esto se suman los conflictos globales, la inflación energética y la burbuja de la IA. ¡Cuidado con los riesgos!