Para Francisco Pasquel, director del Longines Global Champions Tour México, el esfuerzo constante es precisamente lo que hace del deporte algo tan poderoso. También es lo que lo convierte, todavía hoy, en un universo que muchos perciben como distante.
“La equitación es un deporte de alto rendimiento desde el primer momento —explica—. Incluso cuando un niño apenas empieza a montar, la vida gira alrededor de la disciplina. Si no estás entrenando, estás compitiendo”.
Más que una barrera, Pasquel ve en esa exigencia una oportunidad: la posibilidad de inspirar a nuevas generaciones a acercarse al deporte con ambición y compromiso.
La aspiración de convertir a México en una sede clave de la equitación mundial no nació de la nada, Pasquel recuerda el momento en que esa idea empezó a tomar forma.
Hace más de tres décadas, el empresario Alfonso Romo organizó en México uno de los eventos ecuestres más relevantes de la época, conocido como la Triple Corona. Ver competir aquí a los mejores jinetes europeos parecía entonces casi imposible.
“Ahí nació el sueño —recuerda Pasquel—. Pensar que los mejores jinetes del mundo podían venir a competir a México”.
Años después, la oportunidad llegó con el circuito Global Champions, uno de los tours más prestigiosos del salto ecuestre internacional. Diez años después de su llegada al país, el evento se ha consolidado como una de las paradas más importantes del calendario.
Parte del éxito de México como sede tiene que ver con algo difícil de replicar: la pasión. “Somos un país profundamente pasional —dice Pasquel—. Somos grandes anfitriones, pero además el aficionado mexicano conoce mucho del deporte”.
Esa combinación transforma la experiencia. El público celebra, reacciona y participa de una forma que incluso sorprende a los jinetes internacionales. “Cuando hay un error lo sienten, cuando hay una victoria lo gritan. La emoción del público mexicano es distinta”, menciona.
Con el paso de los años, la etapa mexicana del circuito ha buscado ir más allá de la competencia. Música, arte y cultura se han integrado al evento como una forma de mostrar al mundo una versión más amplia del país. La pista misma se ha convertido en un escenario que celebra la identidad mexicana: alebrijes monumentales y piezas artesanales dialogan con uno de los deportes más elegantes del circuito internacional.
“Queremos que quien venga de fuera vea cómo es México —asegura Pasquel—. Nuestra cultura tiene un colorido único y queremos compartirlo”.
A pesar del crecimiento social y cultural del evento, Pasquel insiste en que el corazón del campeonato sigue siendo estrictamente deportivo. El estado del pasto, el bienestar de los caballos y las condiciones de competencia son prioridades absolutas. Cada detalle se cuida durante todo el año para asegurar que los jinetes y los animales compitan al más alto nivel. “Para mí lo más importante siempre será lo deportivo”, afirma.
Cuando se le pregunta qué le gustaría dejar como legado, la respuesta es sencilla, pero contundente: “Que la gente entienda que en México se puede lograr cualquier sueño”.
Para él, el país tiene algo que muchas veces se subestima: una capacidad extraordinaria de recibir, construir y crecer. “México es un país que te permite soñar en grande. Solo hay que trabajar y creer que se puede”. Y en un deporte donde cada salto implica confianza absoluta, esa mentalidad, como la equitación misma, empieza siempre con una decisión: atreverse.